julio 18, 2009
THE BIG SHAVE
julio 11, 2009
LO QUE SALE, LO QUE VUELVE, LO QUE NO SE VE
DIA DE LLUVIA
zapatos pero no tus pies
las medias deshechas
el pantalón empantanado
tu remera derretida.
tu cuerpo viene de la creación
el olor a lluvia rodea tu cuello
aquí también bajo tu brazo
y aquí en el vértice de tus tetas
pero aquí tenés olor a océano.
moriré de esta suerte de amores.
LA NOCHE ASALTA
salgo
cuesta abajo
el líquido del sur
en mis pisadas
va mareado a vos
entraré
desnudo
en lo que seré
julio 08, 2009
CECIL PASTERNAK, PRÓLOGO A LOS PASAPORTES DE UN FANTASMA
un requisito, desde luego, es el sufrimiento insoportable, otro la juventud, otro el talento, en el curioso caso de que desees suicidarte para la posteridad, para quemarles las pupilas con tu muerte y pagar la deuda de desprecio que tienes con el mundo. ayer revisaba las veinticinco cartas, perfectamente impregnadas de historias reveladoras, de heridas incurables, de pedidos de auxilio, amargas despedidas y luego miraba las manos y no, ni ellas ni yo habíamos hecho nada para quitarnos de esta mierda de planeta y aquí seguimos, escribiendo, ¿otra carta de suicidio?
por otra parte, me dio por pensar en los destinatarios, tan borrosos como yo, el verdadero centro de mi desesperación y al mismo tiempo el paredón adonde fue a dar tanto la noche de mi espíritu. por algunos de ellos, sin embargo, ya no merecía morir, aprendes esas cosas si dejas pasar el tiempo. otros ya ni sabía quiénes eran, pensar que les iba a confiar algo tan importante me dio risa, cómo es la memoria. un ejemplo de esto que digo es el de un tal albert zermatt. según se deja ver, se trataba de un editor o un publicista en la costa este, recomendado por mi buen amigo herbie mc intosh.
le contaba detalles de mi vida personal en un estilo neutro y riguroso, con gran deferencia le relataba mis infortunios amorosos, la ruptura de los vínculos familiares, las muertes que me habían rodeado y un sinfín de accidentes que habían conformado esa masa inestable al borde de estallar que era yo. por supuesto cumplía con adjuntarle mi obra inédita con el permiso de publicar, si así lo creía conveniente, la carta que le enviaba. pero supongo que concluir con frases del tipo "sin otro particular, lo saludo con mis más sinceros respetos" no ayuda demasiado. una vez redactada, debes matarte. lo digo como un consejo saludable, ahora que seguramente yo mismo estoy muerto. si estás leyendo esto, siempre decimos lo mismo, pero bueno, si lo estás leyendo es porque de hecho estoy muerto. si no, si todavía respiro y me cruzas por la calle, te doy permiso para que me vueles la tapa de los sesos de un escopetazo, a la larga el espectáculo no sería desdeñable, aunque también podrías atropellarme con tu auto, o con lo que tuvieras a mano, una roca sería útil o empujarme a un río, no sé nadar.
sobre cómo ponerle fin a mi vida también ensayé variantes. en las primeras cartas era evidente la influencia del temperamento adolescente. si no me ahorcaba, me lanzaba debajo de un tren o me hundía un puñal en el corazón. la adolescencia se notaba en que usaba palabras como puñal o corazón, desde luego. en una me llamó la atención un despliegue de lo que puedo llamar un exceso de imaginación mórbida. tras anunciarle que me ahorcaría a mi madre, en ese entonces destinataria de mis planes, pasaba a relatar cómo haría ella para darse cuenta.
tres días después de mi muerte, llegaría un pájaro con unas pelotas jugosas colgadas de sus garras, se posaría en la ventana y no se iría en horas, mi madre sacudiría la escoba y los trastos de cocina para ahuyentarlo, cuando por fin lograse su cometido, se daría cuenta de lo que eran esas pelotitas: mis ojos. mis ojos que la estarían mirando fijamente desde el más allá. en ese tiempo creía en el más allá. de inmediato acudirían mis hermanos y uno sostendría a mi madre desmayada, le echaría aire con un individual y el otro no sabría si llamar a la policía o a una ambulancia y al marcar atendería la oficina de los bomberos. por los aullidos, los vecinos se enterarían de la tragedia y lo comentarían en la tienda del viejo reilly, ese viejo chismoso y malintencionado. dirían que fue una brujería de los negros del otro lado de la ciudad y otros sostendrían que esos ojos eran una broma pesada de los italianos de la otra cuadra, que siempre andaban molestando a las viejas.
de inmediato se pondrían a buscar mi cadáver. mi madre sería la única en decir que yo estaba muerto. no demorarían en dar con el cuerpo, bajo un muelle, junto al basural. de algún modo las ratas se las habrían ingeniado para cortar el cable de la plancha y lonjearme crudo. las gaviotas y las anguilas harían el resto. uno de mis hermanos me reconocería por el cable, mientras estiraba el ruedo de su camisita algo avergonzado. un policía diría por lo menos no se lo llevó la marea. no tardarían en enterrarme y olvidarme.
en el fondo le temo más al olvido que a la muerte. si alguien que no veo por mucho tiempo no me reconoce, siento que nunca existí. otro tanto sucede cuando me cruzo con ex novias, sobre todo si entre nosotros hubo algo que pensábamos que no sería tan fácil de olvidar. basta decir hola y detenerse en la sensación de que a partir de esa palabra todo está de más para entender que un muerto es siempre un muerto para alguien.
no queda demasiado que añadir aquí, otras muertes jugaban con revólveres y balas de verdad. mi padre tenía uno bajo el mostrador en la tienda, siempre a mano. lo habían asaltado muchas veces antes de que por fin se decidiera a usarla. cuando le dieron la oportunidad, le voló una oreja al ladrón, mató a una mujer negra y recibió un tiro en la garganta. los dos diarios que se encargaron del tema dijeron que mi padre había confundido a la mujer negra con un cómplice del ladrón. no debieron decir eso porque mi padre no se equivocaba de esa manera y porque después de todo ambos habían muerto injustamente.
aunque yo tenía la sensación de que eso había sido lo mejor. en secreto pensaba que a mi padre no le gustaba vivir, no estaba a gusto con su suerte. trabajaba dieciséis horas diarias en la tienda, no podía pagar un dependiente. se levantaba a las cinco y se iba sin hacer ruido, a oscuras, como si esa no fuera también su casa. lo veíamos muy poco, cuando enfermaba o decidía ponerle fin a su día un par de horas antes de las diez.
cuando murió, mis tres hermanos pequeños casi no lo conocían. lloraron durante el funeral y en el entierro pero la sensación era que lloraban porque mi madre los había obligado a ir y a hacer algo contra su voluntad y no debido al dolor de un niño huérfano. nunca les pregunté, no quería saber de cuánta soledad estábamos hablando cuando nos referíamos a mi padre como un hombre que había vivido para nosotros. entonces yo tenía doce años y recordaba haber conocido a un tipo distinto a quien sí podía llamar mi padre.
cuando dejábamos el cementerio solté la mano de mi madre y volví corriendo hasta la fosa, pateé unas piedras y retumbaron tan fuerte que pensé que había roto el ataúd. prometí no ser igual a él. por un tiempo eso me sirvió de motor para vivir hasta que un día eso también se esfumó y sencillamente dejó de importarme. ahora, viendo como han ido las cosas desde entonces, también debo anotarme entre los fracasados, la diferencia es que este fracaso es de mi exclusiva pertenencia, digamos que así corto la maldición hereditaria.
creo que mi padre no era tan mal tirador, de tan cerca jamás hubiera errado. mi teoría es que le voló la oreja al ladrón para obligarlo a responder y que después de todo sí mató a la mujer negra, porque no quería testigos de su cobardía. tarde o temprano hubiera usado la pistola contra sí mismo, lo sabía cuando escuchaba sus pies raspar el piso, ágiles por la madrugada y como si les costase despegar por las noches. en ocasiones, antes de marcharse, me daba un beso, yo fingía estar dormido, me daba la vuelta y lloraba porque no quería que se fuera pero éramos malditamente pobres, cómo iba yo a entender que a eso él le llamara su vida.
con el correr de las cartas cambié de atrocidad. ahora mi cuerpo debía estallar por dentro, por fuera debía dar la impresión de estar dormido, a lo sumo de ser un muñeco de cera. en todo caso ya no deseaba ser visto como soy debajo de mi piel, eso iba a ser un secreto entre la tierra y yo. así comencé a pensar en combinaciones de sedantes y veneno para ratas o bien fuertes dosis de seconal, que por otro lado usaba con frecuencia desde los veinte. la idea del veneno se me vino conversando con herbie. herbie era uno de esos tipos con los que uno jamás llega a ponerse de acuerdo y sin embargo no le provoca a uno ganas de molerlo a golpes, al contrario, quieres seguir y seguir hablando. menos esa tarde.
estábamos en un bar, muy borrachos, cuando pedí otra cerveza. herbie dijo que ya era suficiente, no tenía un dólar más, menos para una rata como yo. en la borrachera me sonó sincero y le di un puñetazo en la nariz que lo dejó tumbado un buen rato. unas prostitutas que lo conocían se las agarraron conmigo y también el dueño del bar. no me ofendí por estas muestras de solidaridad. casi siempre pagaba herbie, pero porque a mí los trabajos me duraban dos o tres semanas y la mayor parte del tiempo no hacía nada.
al día siguiente me lo encontré en otro bar y le pedí disculpas por el altercado y le pregunté si de verdad creía que yo fuera una rata. me dijo que sí con su gran sonrisa. era un buen tipo y jamás mentía, salvo a la policía, a los turistas y a un par de mujeres con las que no quería saber nada, pero ellas estaban enamoradas y no atendían razones. mira, me dijo, te lo diré porque eres mi amigo y te aprecio, no puedes vivir así. él se refería a otra cosa, a que no podía esperar dinero de los demás todo el tiempo, de todos modos me quedé con el sentido literal de no puedes vivir así. tenía razón, no podía vivir. hasta ese momento había sido una rata y era tiempo de envenenarla para librarme de una vez por todas de mi apestosa condición.
una vez leí un libro llamado vidas imaginarias, de marcel schowbb. me preguntaba en qué medida todas las vidas eran imaginarias y si a ellas les corresponden muertes imaginarias, si mis veinticinco cartas darían cuenta de tantas muertes, si en algún momento la sumatoria imaginaria daría por fin una muerte real, si tanto pensar en morir y no sería que ya estaba muerto desde mucho antes.
la verdad, la pura verdad, es que no me había matado porque hasta ahora no había encontrado el estilo más apropiado para mi muerte. una carta de esta índole tendría que significar la continuación entre la vida y la nada, no podría haber fisuras, en esas palabras debería latir eso que no puede más en contorsión con eso que promete ser. de hecho y no me importa cómo suene esto, escribir estas cartas de suicidio fueron para mí una cuestión de vida o muerte.
new york, 1961
julio 01, 2009
junio 26, 2009
SUEÑOS CON MAIKOL
junio 25, 2009
SUEÑOS EN AYUNAS
PREGUNTAS
junio 23, 2009
CIGARRILLOS
Una línea parte de mi mano y continúa por el borde de la mesa, gana una baldosa para dispararse por el cordón de la vereda y confundirse con las protuberancias del suelo, parece perderse cuando trepa a un árbol y un pájaro la estira por el aire un rato, finalmente la deja en un cable y veinte pasos más allá recupera el suelo escabroso del canal donde decide huir ligera como una rata. Cuando llego a la parada, ahí está, esperando cerca de mis pies, acá es, parece decirme, como única señal observo un cigarrillo abandonado a la mitad con el que se entretiene mi mano. La línea vuelve y se cierra el círculo, de alguna manera llamaremos a este nudo. Entonces sí, miro lo que se me ofrece a la mano, una invitación a conocer la espera de los otros, pero estamos adelantando la traducción.
No logro discernir si hay algún conocimiento aquí, no al menos una continuidad, nada sé de quien dio fuego a esto que entre mis dedos se dispone a extinguirse. Sin embargo pienso y con el pensamiento me alejo de este sitio y a lo mejor así se cumplirá mi espera, en otro lado. Pienso en mis amigos fumadores compulsivos y trato de imaginarlos sin un cigarrillo en la boca o sin fuego y francamente resulta imposible, como resulta imposible imaginar qué sentirán cuando encienden uno, si de hecho se dan cuenta o es un gesto automático.
De ahí me voy a una película de Won Kar Wai, Con ánimo de amar, donde algunas escenas de los personajes mientras fuman nos consuelan de toda la pésima prosa de este mundo. Me hago un repaso mental de las volutas al trasluz de las lámparas de oficina, me acuerdo de mi propia lámpara en mi casa, otras películas, ya más bien sin poesía, muestrario de que el mundo era otro y los tipos y las mujeres se la pasaban fumando a toda hora, en cualquier lugar. De nuevo vuelvo a mis amigos y pienso que a veces compraba cigarrillos para convidarles porque me gustaba verlos fumar y ellos temerosos de si me molestaba el humo pero mi cara era de quien va descubriendo los secretos de algún oficio extraño. Fumar puede ser un acto de belleza, el humo tiene la forma de los fantasmas que llevamos dentro.
En cierto sentido, esta acción de levantar cigarrillos del suelo informan, a saber, que he adquirido el vicio (¿?) de fumar, que no tengo aprensión a la basura que se lleva a la boca, que no tengo para comprar ni unos cuantos sueltos. De paso me da una idea: fumar del suelo me dará la oportunidad de ahorrarme esas monedas. Ahora que siguiendo ese anzuelo bien podría hurgar en las bolsas de los restaurantes, bañarme en las fuentes de las plazas, dormir en el subte y pedir monedas en Florida o en alguna estación de trenes. Suena como una carrera prometedora, porque hasta que no pasa, todo se resuelve en ser promesa, ¿no?
De ahí la cuestión se hace un poco sociológica, el muestreo de marcas da como resultado 80 por ciento de next y viceroy, 17 de marcas sin registrar y el resto distribuida entre las más reconocidas. En Capital no pasa, diría mi amigo, que se encuentra Marlboros o Camel o hasta algún que otro de nombre vagamente europeo caminando por Palermo Hollywood. Pero estamos en provincia y aquí ni siquiera barren la calle, los barrios tienen el aspecto del Camino a
Decía Barthes que uno sabe si está enamorado porque espera. Dadas las circunstancias no diría que enamorado pero siempre me hizo gracia esa frase, sobre todo porque quizá únicamente la podría haber dicho él o porque yo esperaba demasiado a las chicas. Pienso si esta espera será después de todo, a la luz de Barthes, tan trivial o formará parte de otra de mayores proporciones, ahora sí enredada con el amor o alguna otra gran palabra. Por ejemplo, si uno espera que lo que ama vuelva a ser y mientras tanto se entretiene, ocupa su tiempo en esperas menores, casi exentas de memoria y cuento. Porque en realidad, mientras espero, pienso porqué estoy ahí metido en esa burbuja, en ese círculo perfectamente anudado que me impide mover el cuerpo, qué es mi vida en esa duración pausada, porqué los cigarrillos, porqué los amigos, porqué el amor, porqué el porqué.
Y simplemente hay la necesidad de traducir en palabras siendo aquí la traducción un acto de traer, trasladar, ya se sabe, de hacer cruzar los objetos al ámbito de mi lengua. ¿Será esa sensación en la panza cuando esperamos ver aparecer en cualquier momento por la puerta a nuestra amante lo que buscamos? No puedo saber si esto esperaban los otros, de cuyas bocas he fumado, si me permiten la imagen. Sin embargo no podría haberlo pensado si antes ellos no hubieran acumulado esa duración suspendida, precisamente, a la espera de que alguien la mencionara. Cuando por fin llega el 60, estiro el brazo, la línea se corta y da un chicotazo contra el asfalto que ahí se va perdiendo, el gusto de la nicotina en mi saliva me dice, para mayor claridad, que todavía no sé nada.
junio 18, 2009
NATURALEZA MUERTA
*
Se viste. Le señalan los senderos de la ceremonia. Los aprende con facilidad. Le ayudan a estarse metido en la paz de su cadáver. Lo incorporan al ciclo de la corrupción embarcado en un lujoso ataúd. Aguardan unos segundos el milagro de la resurrección. Nada. Lo encierran definitivamente. Tierra protocolar, coronas floridas y el resto del envoltorio. Es mentira que verá crecer las lilas, sin embargo las lilas crecerán.
*
Oíme animal, tuya es la mitad, no, todo mi reino, más todavía, tan sólo corré, destrozate las ancas, no te dejes alcanzar, no me dejes.
¿Cómo se llama el miedo de los héroes? ¿Van al cielo mecidos por ángeles arcabuceros?
Endemoniado animal, bicho hijo de una casta de mil putas, corré o morimos todos.
La realidad no funciona así, cuidado, otros engranajes promueven el movimiento de sus mecanismos. Huyendo, el héroe pensaba en su comida favorita, en el ritmo de su barba chicoteada por el viento, en lo bien que le sentaría a la posteridad su sable teñido de rojo, en la punzante herida que lo iba guiando al mismo infierno.
Hasta que llegó a un lugar adonde los curiosos turistas no habían tomado por costumbre merodear y tomar fotos en poses ridículas. (Escupo en ellos, me cago en su dinero. ¿QUIÉN DIJO ESO? ALTO AHÍ).
En tales archipiélagos nocturnos la soledad amansó su carne, rodeado por otra soledad, la de sus camaradas.
Dijo lo que todos esperaban oírle decir, que duda cabe, murió como deben morir los hombres de su calidad. Al enmudecer, obligó al resto a contener la respiración, sí, se infló una burbuja de eternidad y todos sintieron miedo de la oscuridad que allí mismo se precipitaba a nacer.
Entonces comenzaron a pasarse las miradas sin tomarlas a su cargo. La mirada unánime decía: ¿y ahora qué mierda hacemos? Se acercaron, en órbitas expectantes, al cuerpo. Uno miró a los demás pidiendo todavía más silencio y declaró con mayúscula sorpresa: NUESTRO HÉROE AÚN RESPIRA.
Un pedo silencioso, cuando no, cundió entre los contempladores del misterio que yacía, hasta que la incomodidad fue destrozada por el que pintaba la escena. El Señor es bueno y siempre hace milagros, dijo mientras batía sus palmas en oscuro frenesí, a fin de evitar ver si sus manos estaban efectivamente amarillas.
Al instante un mensajero divino descendió sobre cada uno de los presentes y tuvo lugar la siguiente escena: Güemes reabrió sus ojos, aceleró sus signos vitales al tope, logró enderezarse e inició un salto en una sola pata, al compás de luces fluorescentes que irradiaban sus ojos, mientras se tocaba la nariz, de manera alternativa, con el índice derecho y con el izquierdo. Uno de los presentes, ojalá Dios lo haya fulminado, tuvo a bien creer que tal espectáculo era una payasada.
Los demás pobres no salían del asombro, como chanchos bíblicos poseídos chillaban y se revolcaban, con la esperanza metida en los intestinos. Hubo de exorcizarlos, hasta la médula de la diarrea, el propio héroe: inapelable, se desplomó difunto.
Ebrios de dolor, los soldados dispusieron la inmediata realización de los juegos fúnebres. Los solteros versus los casados tendrían el honor de disputarse el tremendo asado previsto para estas ocasiones. Con pompa, el cuerpo exquisito del General fue depositado en una pira ad hoc. Monseñor fue declarado árbitro. Como resulta natural en estas circunstancias, los solteros del regimiento batieron a los casados cinco a uno.
Concluidas las muestras de destrezas criollas, se ordenó a
Luego añadió el alto jefe del ejército: a ver todos si me van poniendo cara de afligidos, no quiero ver ni una puta sonrisa en este cuadro, ¿estamos?, al primero que muestre los dientes le pego un tiro. Y usted, pinte algo de lluvia, no vendría mal, acentúa lo melancólico del asunto… bueno, está bien, usted vea cómo queda mejor, pero ¡ojo!, SO-LEM-NES, ¿oyó?, los más solemnes posibles. A ver notario, le voy a dictar las últimas palabras del héroe nacional, sí, me oyó, nacional… hmmmmm…. Ejemmm… a ver… ya sé: Cuidad de
*
- Monseñor, sálveme, por última vez. Mire el sable que tengo, es enorme. Se lo obsequio pero sálveme. Noooooooooooo, Monseñor, primero sálveme.
- Hijo mío, no has debido caerte así del caballo. A veces un tropezón provoca revolcones fatídicos.
- Yo, que nunca me tiré un pedo para no ser menos que San Martín, figúrese, o que Belgrano, claro. La historia es una lotería, ¿no cree Santidad?
- Los juegos de azar son un pecado, hijo.
- A unos les toca morir en la cumbre de su reinado, como César, o caer cubiertos por la gloria del combate, como Aníbal. A otros, en cambio, les corresponde la vergüenza de reventar en el retrete, como Carlos Saúl I, o enfundados en ponchos de colores chillones. El mal gusto, Monseñor, el mal gusto ¿Por qué a mí? Venir a morir de un balazo en el culo justo hoy.
- Es gracioso, si se mira con detenimiento, hijo.
- Sólo si le pasa a otro. Ya quisiera verlo en mi lugar, Santidad.
- ¿Pero cómo, hijo, acaso es posible que nunca recibieras las invitaciones?
- Déjese de juegos. Sálveme, Monseñor. Usted habla con Dios… si mañana fuese otro día y al despertar… intacto.
- Quédate tranquilo, buen hijo mío, los libros no miran esos detalles, sólo las grandes hazañas. Los libros nunca mienten. Serás inmaculado.
- ¿Inma qué? Perdón, no le oí bien.
- Estás perdonado hijo.
- Monseñor, ¿oye galopar las bestias?
- Hijo, vienen por ti.
- No los dejes llevarme, Monseñor.
- Pierde cuidado. Cierra los ojos y muerde esto tan fuerte como te sea posible.
- Me sentí aliado de fuerzas inescrutables y me perdí. ¿Qué está por hacer su Excelentísima Santidad? Se trata de un lugar sagrado para mí. Monseñor, sea cuidadoso, se lo ruego.
- Reclina la cabeza, hijo mío, vamos, muerde, así hijito mío- dijo por fin Monseñor, exhibiendo el puño embadurnado en aceite de ungir- comprendo tu dolor, pero no será eterno, te lo prometo, vamos, muerde- entonces le incrustó el puño en el ojo del culo y comenzó a menear el brazo. Luego, con gesto triunfal, retiró su santísima extremidad y le mostró al General la bala que tan heroicamente había tenido la precaución de tragarse.- Acá está, hijo, mira el tamaño que tiene, parece un dije, úsala de colgante, puede traerte mejor fortuna la próxima vez. Ahora ya puedes ir en paz.
Al decir esto, el culo del General estalló como un pozo de petróleo diarreico, empapando de pies a cabeza la sagrada figura del enviado de Dios. Monseñor se limitó a sonreír, como la víctima de una travesura infantil. De inmediato le propinó unas nalgadas amistosas al héroe, que cojeaba bastante. El General montó su caballo y cabalgó raudamente, si bien no iba sentado.
*
Implicados humano y bestia, conjugados, a bordo uno del otro, encabalgados diríase, en repetida sucesión de fotogramas, ambos encima de la tierra y ella a su vez posada en la enormidad de un pájaro, toro, elefante, atlas o quién sabe quién, qué, la nada, algo, pues nadie se cayó.
El pálido galope abre la oscuridad del valle, el héroe arriba en ecuestre forma. Su dedo señala la tierra prometida, el infinito y más allá.
Llega sorteando las inclemencias, las corrosiones, las curvas descendentes e indeseables y toda esa suerte de batería de abominaciones ofrecidas por el olvido, cual si ya fuese de broncíneas dimensiones, gigante, a imagen y semejanza, barbudo y con marcadas señales gauchescas en el acento, los modales y según se desprende de las lentas historias tejidas desde ahora en el futuro (adonde mirás haciendo de mano rígida visera todas las horas de este mundo).
Claro que sí. El tiempo hilandero irá tejiendo con calma, inventando casi, el poncho de la historia. Esto está mejor: constatando la realidad hasta volverla símbolo. El indicativo discurso en
De hombre a símbolo: sus carnes, mecidas por una discreta putrefacción y por la piedad catedralicia, por fin dejan lugar a huesos inquebrantables que se guardarán en un relicario justo en el corazón de la ciudad. Corazón que, vale mencionar, jamás sufre infartos de miocardio. Allí, pues, osobucos, costillas, cráneo, húmeros, pelvis agujereada donde hubo nalgas, dan cuenta de los interrogantes a que fluye un visitante: ¿le habrán crecido las uñas? ¿los cabellos, cual si fuesen raíces o una enredadera? ¿estará vestido de militar, de héroe o de humano? ¿qué emblemas adornarán su eternidad? ¿sólo Dios sabe?
*
Le susurró con suave aliento insomne, desesperado pero bien bajito, dentro casi de la orejota, para que únicamente ellos dos supieran: enseñáme el camino. Luego, para entrar ruidoso en la historia, le ordenó galopar hacia donde señalaba su dedo. ¿Qué sería de un gran general sin su caballo?
Montado así, en viaje por las orillas de la suerte, recordó en su pluscuamperfecta voz que había amado temido partido: amado su cuerpo en la mujer de otro, temido el descubrimiento de tamaña usurpación con funesto desenlace, partido con solo el cuero puesto y un balazo en el culo.
Moriré despeinado, con los ojos firmes hasta donde sea posible, angélico y aterrador. Circularán leyendas sobre mí, se oficiarán rituales, se pronunciará mi nombre bajo las estrellas, comerán asado, bailarán a mi alrededor, cantarán apañados del frío por gruesos fogones, emponchados, mientras les señalo el camino, todo el camino, el mejor, allá está, y yo congelado en mi caballo inmóvil, pero mis ojos la ven, ven la promisión. Moisés tiene que morir para que su pueblo pueda alcanzar la tierra reservada para ellos. Seré un dios, un dios lluvioso, inundaré las calles, las miradas, los oídos. Invadiré los sueños. Los libros narrarán mis hazañas, si no existen, los autores las forjarán sólidas e inoxidables para que nadie me calumnie. Me amarán los gobernantes, les serviré de ejemplo y estandarte y a mi vez los usaré para perpetuarme. Nadie que haya vivido en este valle olvidará mi nombre, seré inmortal salvo por un detalle que no se me escapa: estaré muerto.
*
El notario, apresurado, consigna en el que será el primer tomo de
EL NIÑO: __ ¿Y esos son todos sus restos? ¿Acaso no le quedaba más?
EL NIÑO: __ Lo que resta siempre da menos. (Esto lo profiere axiomáticamente el alumno, insensible ante el fallecimiento del insigne prójimo).
PAUSA
(Otra vez la manito levantada).
EL NIÑO: __ Si todos somos iguales, ¿por qué nadie me hizo un monumento grande grande grande?
(Asombrada con la pelotudez aberrante del niño, la maestra ordena a Orwell salirle al cruce con los tapones de punta porque algunos son más iguales que otros)
*
Encrucijados él y su caballo, tomaron el camino más corto hacia la muerte. Llegado allí, el hombre sin imágenes, se dejó apresar junto a su cuerpo por un uniforme de gala inmaculado, sin rastros de la hemofilia que no sabía cómo ni dónde iría a alojarse una vez que este infeliz reventase. De todos modos seguía sucediéndole ahí, adentro, a la vista de todos y al mismo tiempo invisible. La muerte avanzaba y ya nadie era capaz de ahuyentarla bien lejos. La sangre huía de su envoltorio, bebida por la tierra para luego perderse antes de que los hombres pudieran agarrarla y metérsela otra vez en las venas. El mundo perdía el equilibrio, los sapos se desbarrancaban y los corderos se lamentaban, plañideros, sin comprender. Se va a morir se va a morir se va a morir. Qué pena estoy. Ando tristeza. Ya se murió.
junio 17, 2009
ANDRÉS CAICEDO, NOCHE SIN FORTUNA
páginas 80-81, editorial verticales de bolsillo.
Pero si cualquier noche es lo mismo. El tiempo no pasa. Antes sí. Ya no cambian las cosas. Te quería decir que podría cruzar las montañas miles de veces sin cansarme, saltar riachuelos, te veo y soy más joven, ahora lo he comprobado, mis amigos sufren por mí y yo no sufro. Todo ha cambiado. Me paso los días sin hacer nada, por eso es que camino. No voy a ser un hombre creativo, pero no pasaré por el tiempo. Me deslizaré a la par con él, ya lo verás tú. Ya lo verás.
página 141, editorial verticales de bolsillo.
junio 12, 2009
EL DÍA MÁS FRÍO DEL AÑO
Estoy loco. De contento. Hoy es el día más frío del año. Este es el verdadero día más frío del año, el de la semana pasada hoy nos parece un cálido juego de palabras que esta mañana nada tiene para decirnos. Cuando uno dice que está loco de contento tiende a exagerar la sonrisa, no se sabe bien si para acentuar la contentura o la locura. Ni mucho menos se puede saber en qué zona de la cara se encuentran, en justas proporciones, cada una de estas. Lo cierto es que sonrío. Al menos eso muestran las ventanas cuando voy dejándolas atrás, y dejo atrás mi trabajo, mis posesiones mentales, y me miro en esos vidrios negros a la madrugada, me sale vapor de todos los poros, sólo ellos pueden saber que existo en este día, al parecer ahora son mis únicos confidentes y sigo sonriendo porque ya no es necesaria la ocasión de las palabras. Las palabras lo enredan todo y sirven de escondite a la bestia que luego somos y anuncian una sola cosa: despedida, dejar de pedir, ¿verdad? Al menos así es en este día, el más frío del año, que me persigue con lascivia de cazador.
Mejor no nos pongamos meteorológicos, circunstancia propicia para anunciar, introducir podríamos decir pero no se trata de algo que hay afuera y luego tenemos que meter adentro, digamos, la melancolía. La verdad es que sonrío pero una suerte de penuria inconfesable me abrasa las vísceras, con lo cual se impone decidir: o sonreír entres estas calles o pensar, pensar y pensar todo el día. Nunca sé cómo es posible pensar en el día más frío del año. La suerte de las horas malamente nos puede acompañar si estamos solos. Y de estar solo se trata cuando el cielo permanece quieto, las hojas secas permanecen quietas y quietos los autos, las personas a medio paso entre el cordón y el asfalto, en la espera de la recolección de pasajeros, el pájaro del cable, la bolsa de nylon infaltable en toda imagen que aluda a la melancolía, todo permanece inalterable, congelado por este frío de locos que atraviesa fibra a fibra mi ropa y me da vértigo en el pupo, ahora un radar de acontecimientos minúsculos.
Añadiré a la permanencia el carácter minúsculo, cuando no absurdo, de todo cuanto sufre el asedio del frío. Yo mismo soy minúsculo, o absurdo, o ridículo, porque mientras todos presienten la congelación sonrío, vestido de payaso en el día más frío del año, que es hoy, no el de la semana pasada. La semana pasada vuelve a sonar en los oídos como un país del que apenas si sabemos el nombre. Y por otro lado se rumorea entre los transeúntes que ese día no podía ser más frío que este y quieren rescatarlo para sobrellevar el presente, como si no fuera ahora, aquí donde asentamos los pies, el mejor lugar, si bien, claro está, el único.
Lo cierto es que los que no tienen casa no saben estarse quietos, iguales a los perros dan vueltas en busca de algún lugar para echarse. En esto estoy cuando la vida recupera el aliento, que se había espesado en una niebla durísima y puedo ver que estoy mojado de ella. Y puedo ver olores en su origen. Al lado de la ruta un canal se abre, exhala su tufo y espanta a los pocos que quedan en pie en las paradas del 60. Al principio me aturde saber que eso también es vida, acaso mucha vida hay en ese miasma donde infinidad de seres se mueven sin cesar. Después sentí pena porque en esa podredumbre insoportable se manifestaba la vida. Todavía más, la vida se manifestaba insoportable.
Seguí caminando, el olor desafiaba mi tolerancia, apresuré el paso, los autos seguían de largo, apenas despiertos, bostezaban con las frenadas del semáforo y cobraban impulsos parecidos a naves de papel hasta convertirse en puntitos rojos y de inmediato tomar la forma de la niebla de donde habían salido. Pero ¿por qué era insoportable? Si eso era la vida, la vida en todo caso para mí. Ese caldo pestilente acaso nos aproximaría a una especie de origen, no podía ser que solo fuese podredumbre, el sentido fétido de su existir ahí para mí era mostrarse en su plenitud viviente. El frío no había detenido los signos vitales de esas aguas mientras todo alrededor era petrificado por la madrugada.
Entonces me detuve, amigos míos, me detuve de una manera en que solo puede detenerse quien ya no es dueño de sí, quien ha sufrido en la invasiva noche el conocimiento de que tan sólo sabe caer y caí, mis amigos, caí en esas aguas podridas y nadé entre los camalotes y choqué mi carne con el torso engusanado de un perro alguna vez blanco y recibí en mi frente las cualidades de la mierda, eso también era la vida, de allí también iba a salir, de un lugar parecido habrá nacido por primera vez el universo. Una vecina asustada corrompió mi éxtasis con un grito que alertó a los policías acerca de mi felicidad. Aguas bautismales del infierno, podría decir para producir algún efecto retórico, pero yo era nuevo, soy nuevo, en el día más frío del año, me pasean desnudo de una comisaría a otra porque no soportan mi hedor, mi perfume a viviente, porque ahora en mí, que estoy solo, que solo puedo saber de mí que estoy parado en la cabeza del día más frío del año, todo es nacimiento. Eso que se muere dará habitación al detritus, sí, y entonces nacerá un nuevo jardín. No puede decirse de otro modo.