Mostrando entradas con la etiqueta enredos primitivos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enredos primitivos. Mostrar todas las entradas

septiembre 01, 2009

CEMENTERIO MARINO

Llego temprano al trabajo. Pretendo culpar por esto a la tormenta Santa Rosa, al bondi vacío, a las calles acanaladas cuyas bocas se han tragado toda la tormenta. Ya no llueve, no hace frío. Prendo un cigarrillo, hago unas cuadras a pie, doy vueltas a la manzana. Intento no ser visto. Zabala y Soldado de la independencia. Me detengo en una pescadería, San Miguel, logo de caballito de mar.
El local es pequeño, huele a puerto de juguete, los pescados parecen muñecos de cera con ojos de idiota, crush dummies sorprendidos en la siesta. Sus cuerpos babosos sin escamas están dispuestos para brindarle al cliente la idea de un cardumen, imperfecto, desde luego, porque estos nadan en hielo. Los salmones y los langostinos juegan entre un abanico de sardinas y tres besugos enormes encabalgados, boquiabiertos, les cortan el paso.
El pescadero se encuentra detrás de las rayas gruesas de su remera y una boina roja, tiene un aire a Alberto Sordi cuando hace de gondolero en Venecia. Claro, aquí, salvo por la góndola de los mariscos y afines, ni asomo de la célebre ciudad. Además de que sería muy poco probable obtener un espécimen vivo de aquéllas aguas.
El ayudante es aún peor, si nos fiamos de las circunstancias (ha llovido y el día sigue prometiendo una tormenta de la que hablaremos un año entero), la ridiculez se atenúa: botas de goma y piloto amarillo. Bien puede ser que esto sea la isla de Gilligan o, más acá en el tiempo, nuestros Piluso y Coquito o, más aquí todavía, la escena musical donde Homero Simpson canta Under the sea.
En efecto, la estrategia resulta muy clara. A estos señores se les ocurrió que dar la impresión de ser pescadores recién desembarcados redundaría en beneficios. Continuando con esta línea de pensamiento, si tuvieran un bar le pondrían taberna y algo así como Bellaco y, por supuesto, se pasearían disfrazados de Jack Sparrow. Pero descuide, los manosantas y las famosas comadrazas que “unen parejas y amores por imposibles que parezcan” (justo lo que necesito, en serio) también se hacen llamar profesores o maestros, también exhiben, de algún modo, esas máscaras. Un diplomado, en este sentido, es un “careta”, muestra al mundo la manera en que hay que verlo.
Volvamos a los pescadores, que con ellos estábamos y después de todo ningún mal nos hicieron. Es sabido, cuando se pierde el original, la copia es el original. Después de esto nos resulta complicado eludir la conclusión de que estos señores no son nabos, son pescadores. El argumento lo rescaté de Umberto Eco para principiantes, como no podía ser de otra manera, y entre tantas cosas permite refutar el platonismo, suspender las certezas acerca de qué sí y qué no es original y, en esta circunstancia mínima, me permite un cierto consuelo (uno copiado, eso sí, consuelo de tontos, diría mi vieja) respecto de la distancia entre mi cuerpo y el mar. Digamos que estamos ante un consuelo por sustitución. Sí, usted ya lo adivinó, nos enfrentamos a la metonimia, aunque ahora con ella no me meto. No de otra cosa hablamos, asegura Günter Grass, cuando hablamos de felicidad. Algo similar ocurre en la literatura de Cortázar, aquello perseguido por los personajes cambia toda vez que ellos lo tocan. Suena tonto decir esto pero son perseguidores porque los objetos son fugitivos.
Lo explicaríamos mejor si pusiéramos en funcionamiento la idea de metas volantes, con lo cual una vez alcanzado cierto objeto de deseo, éste nos eyecta con sus resortes hacia otro, precisamente porque desear significa “aquí no estás”, no tener (¿significará no obtener?). De modo tal que el deseo original se deja sustraer por su copia. Y en la duplicación los fantasmas eslabonan las cadenas de poderosísimas anclas. Si creíamos que la metáfora del deseo era la navegación, nos equivocábamos, es la verticalidad. Una y otra vez, unos encima de otros, los estados deseantes se multiplican, alteran al cuerpo sintiente, funden aquella zona en apariencia superficial pero que en verdad es un pliegue de la profundidad, la piel.
El cuerpo se precipita en las zonas abisales, reino de la oscuridad y de lo intolerable, para, de esa manera, obtener el conocimiento de que lo deseado resulta un evento definitorio del ser. Lo llamamos conocimiento aunque se trate de una ¿experiencia?, intraducible, intratable por el lenguaje, siempre más acá o más allá de él, brinda acaso la única certeza a la que tendremos acceso: la plenitud se nos muestra inconfesable.
Al fondo hay una pecera. Pregunto si son comestibles. Me dicen que no y ríen. Pronto me doy cuenta de que la estrella de mar es una esponja, las plantas de plástico y de plástico también los caballitos de mar, atados por una tanza del todo invisible si no fuera por el nudo poco marinero en el extremo de la cola. El pronóstico sigue anunciando lluvia y la lluvia es como un anticipo del mar.

julio 18, 2009

THE BIG SHAVE

ahí va un tajito. otro. a toda carrera. uno más. se ve la carnecita. chorrea el jugo caliente y pegajoso. lindo mirarte las piernas alisadas de pronto, ahora más blancas, con tiritas bordó. y ni hablar de mi cara mientras la va afeitando a la carrera mi mano huesuda y negra. le imprimimos el ritmo de la crema y parece de limón con jarabe de frutilla. estás para comerte. el vapor sube desde la pileta pero el espejo no sabe que ahí abajo el cuerpo continúa, sí, porque hay más, no es una cosa partida, sin mortaja, lo que pasa es que no se ve. lo que pasa es que en la desnudez siempre estamos incompletos: la desnudez pide ser completada con otra desnudez. y vos aquí, para enterarte conmigo de estas cosas. las gotitas de crema y frutilla tienen puntitos negros, chispas de chocolate. la piel no sabemos dónde está realmente, si algo la cortó, si fue el aire frío en contacto con el agua caliente, si un organismo unicelular la carcomió, o si sencillamente la carne tiene por destino brotar, ganar la luz y solo eso importa. la desnudez es contagiosa. creo que hago lo mismo dos veces, junto agua en las manos y la echo en mi cara, parezco imitarme. actúo como si no me estuvieras observando. veo el ardor en la contracción de mi cara, enflaquecida de pronto. tengo mucha sed, merodeas con la vista debajo de la ducha, las tiritas de tus piernas, la crema de limón con frutilla. la carnecita late, una invitación al interior del magma. de manera que así somos cuando en verdad estamos desnudos.

mayo 20, 2009

OTROS DICEN CONMIGO

otros dicen conmigo. en simultaneidad decimos cada uno lo nuestro y para el otro. de cuanto decimos, nada particular o específico se destina a alguien concreto, la preocupación primordial tiene su residencia en arrojar el decir. en ese sentido, uno desconoce qué sucederá cuando este decir sea recogido. en tanto es imposible realizar ese cálculo, la palabra se confiesa desmedida. lo que uno arroja no es pues un sentido pleno o coordenadas para tejer significados, lo que uno arroja se llama desmesura. la desmesura se expresa en las posibilidades que tiene el otro de tomar la palabra ajena y hacer con ella lo que se le antoje: seguirla o traicionarla, respetarla o someterla a las más deliciosas perversiones. el hecho de dar sin medida supondrá que la medida la pone el otro, jamás uno. de donde se persigue que el malentendido satura el espacio entre todos los que dicen.

EL MALENTENDIDO PRIMORDIAL

me preguntaste y te pregunté ¿quién sos? esa pregunta apuntaba hacia un lugar que todavía no existe, porque no hemos llegado. así pues, nos encontramos porque ninguno de los dos estaba ahí.

mayo 03, 2009

ENREDADERA 6

DELICIA
la dejé irse o ella tomó la determinación de hacerlo o nadie dijo nada porque ya sabíamos que así debía suceder. nos abrazamos por última vez, nuestras lenguas supieron lo inútil de llenarse con palabras, el tiempo se iba helando en los rincones cada vez más oscuros, mil y un caminos iban tomando posesión de nuestros cuerpos, ahora solo restaba el pasillo, más parecido a un pozo. pensé en orfeo y eurídice y acepté que se volviera un mito, comprendí que no la vería otra vez ni podría tocarla de nuevo y sin embargo no había otra forma de tenerla para siempre, lo otro sería morir y matarla. para esto habíamos emprendido este viaje, por eso más que viajeros fuimos rehenes uno del otro, el rapto no daba posibilidad al rescate más que como fugitivos. no otra cosa buscábamos: capturarnos en esa última mirada.

abril 27, 2009

ENREDADERA 5

PLIEGUE

aquí: pliegue del cuerpo: primera posesión: nudo umbilical: la voz: posesión que se dona: se come con la boca: oquedad: pre tensión febril: en no saber, buscar llenarla: rugosidad del encuentro: no todas las revelaciones nos pertenecen: de toda oscuridad haremos sed: la boca pide: dar sed: con agujas incandescentes: tras pasar la lengua: en lo profundo, plenitud de la asfixia: capturar pero permanecer opacos: la boca: pozo ciego: aquí: el malentendido nos de-volverá a (con) fundir.

abril 15, 2009

ENREDADERA 4



A LA NADA QUE EN TODO DESENVUELVE SU COLOR

El occiso declara (tome nota) en estilo a medias directo que yo nací hará cosa de veinte años. Sea más preciso: era de noche, mi mamá ya tenía dos hijos varones, Marco Antonio y Luis Enrique y, añádase, una niña cuya defunción me impide precisar nombre, color de ojos, cumpleaños y tamaño de la ausencia en el espíritu, precisamente acongojado, de la mencionada madre, seis de mayo de mil novecientos ochenta y cuatro y con el transcurso de las edades evangelista, ateo, drogadicto, alcohólico y actualmente occiso.

Asimismo el interpelado sostiene entre sus manos un cuaderno cuya negativa a entregarnos provoca la ira del que suscribe (tome nota del citado enojo y además, a pie de página diga[1] que yo tenía un cuaderno amarillo). En él, adentro, guardaba pedazos de mi voz con cierta regularidad. Como un cajón donde dominan la confusión y las polillas, no se trataba de un confesionario si no de un mapa para llegar a encontrar, por vías respiratorias y procedimientos de revuelta y de ida, las ropas adecuadas a mi persona. Las ropas adecuadas a su persona, anote eso.

El occiso es oscuro. Se necesita precisión, precisión, claridad en el lenguaje, llamar al pan por su nombre, pan, de otro modo, ¿dónde iría el mundo a parar? El occiso contesta que no sabe dónde el mundo, ¿acaso importa? La cuestión es dónde nosotros, un día todo lo que conocemos se debilitará y esta madera que parece tan real ahora mismo y las telas y las fotografías y las enormes rocas y el océano y los dientes de leche que mi papá arrojaba al techo de chapa cuando éramos cuatro revoltosos productores de dientes de leche, dejarán el sitio que ocupan o lo ocuparán de otro modo y estas palabras a lo mejor dentro de miles de siglos serán signos de una civilización fascinante porque ¿cómo hacían para vivir en estas condiciones? y que para nosotros carece de encanto porque ¿cómo hacemos para sobrevivir en estas condiciones? más aún, (anote, el occiso quiere añadir algo), usted mencionó al pan y a su nombre, pan, pero ¿qué es un nombre?, el pan era en mi boca un regalo de un dios amable amado amante y a veces una piedra que mis padres amables amados amantes me obligaban a comer con una taza de mate porque no había otra cosa, cualquier cosa, para llevarse a la panza, o sea, pienso en el pan y sin embargo se me avecinan múltiples imágenes, por ejemplo una que me llevará lejos y con probabilidad de desviarnos hacia otros cursos o rutas, pues de una ruta a orillas de Humahuaca se trata, con Claudia comprando un pan inmenso a un peso, tomate y jugo de naranja a mediodía. Entonces deberíamos situarnos ahí, hacer dedo, rogar piedad a los conductores o un aventón con destino a casa, lo más cerca posible, pero el sol, cuya inmensidad degradaba nuestro último y necesario pan a un granito de arena, nos impulsaba sobre nuestras espaldas. Ella se durmió, yo la esperé todavía un rato hasta que no aguanté y cerré los ojos boca arriba. Mi historia dice que su pupo era hermoso. Encima (de su pupo) agrego: uno de los más hermosos que haya tenido la oportunidad de besar. La mujer y su ombligo se durmieron una siesta con la remera subida hasta la mitad de la pancita, hasta entonces blanca, y despertaron convertidos en franjas, rojas y blancas al principio pero que el tiempo convertiría en un color cuyo único término de comparación posible resulta ser el dulce de leche.

El occiso manifiesta siempre tengo hambre, al menos eso decían algunas personas sobre mí y sobre José: ¡ustedes siempre tienen hambre! Ignoro si era un reproche, un elogio o simplemente si se trataba de una muestra de admiración por tamaña hambre. Consigne lo siguiente: el occiso se confiesa ignorante. En cuanto a mí, salvo por el hecho de oír voces llamándome desde quién sabe qué distancias y ver sombras donde alguien pudo haber dejado su ausencia, si tuviera que describir a José tendría que cerrar los ojos y los oídos para concluir finalmente que José consiste en una sola ceja larga, cordillerana y trasandina en la frente, de seguro herencia de su padre chileno, muerto (el occiso lo conoce de vista, por fotos y referencias de José), más arriba se halla su extensa frente y, con cierta dificultad, posee encima algo parecido a unos cabellos largos y escasos. Aseguran por ahí que su pelo se le ha bajado a la barba. Siendo pues la población capilar, como se deja ver por lo demás a simple vista, una de las principales características de José, bástenos decir que un peruano llamado Juan Alberto ha visto en su fotografía un hombre en estado rupestre. Y aprovechando esta enredadera de pelos (en nada diferente a las alucinantes enredaderas del lenguaje, de manera tal que todos se conjugan en el mismo desagüe de la ducha), me precipitaré a introducir o mejor a presentar, verbo más adecuado a la situación que pronto habremos de vivir, sin groserías ni sentidos doble o triples, a Alejandro, como quien dice, traído de los pelos, de los pelos del culo añadiré, pues una noche en que, solitarios y cavilando, Claudia y yo errábamos en las audaces derivas ciudadanas propias de los borrachos, cofradía en la que nos incluíamos luego de un Quilmes Rock en las afueras del Delmi, dimos contra la puerta de la casa de Alejandro, golpeamos y, así palmeando, el anfitrión, cuya habitación entonces se ubicaba al final de un largo pasillo, abrió, se bajó los lienzos, miró en dirección al interior de la noche que también dominaba allí dentro y, levemente inclinado, nos mostró un culo peludo como jamás quiero volver a ver ni ser bienvenido en ninguna parte del mundo. Claudia, sin horror, bien pudo haber dicho y no dijo, citando a Edgar Alan Poe, nevermore. Para esa época Claudia ya lo conocía y había oído de esta abominable costumbre de dar la bienvenida y, desde luego, él y yo ya éramos amigos, sin embargo nuestra relación no me había permitido descubrir los múltiples rostros de la amistad. Y uno cree conocerlo a fondo, aunque mejor sea cubrir estas cosas con rápidos y ascendentes lienzos de piedad.

Una vez adentro de su casa solicitamos permiso para dormir y Claudia y yo hicimos eso que penosamente la expresión hacer el amor alcanza a recubrir y que aparentemente todo el mundo hace y sin embargo nunca es igual.

El occiso se detiene, recubierto de ensoñaciones, en la figura de Claudia. Como no articula con claridad debido a la opacidad de las palabras (anote, anote, rápido) no llegaré a decirlo todo y todo mi relato bien puede decirse de otra manera, lo sé, por ejemplo puedo anunciar a mi madre, más baja de estatura, cocinera formidable, cantante alegre y triste a la vez, menor por quince años a mi padre, de los cuales provengo. Podría. Y también sumarle a la enredadera unos piolines para guiarla hacia otras direcciones más inesperadas, no sé, una casita de madera, roja, techo a dos aguas, de tres pisos, en el primero un cajoncito de madera lleno de chucherías que, según las edades, fuimos acumulando entre mis hermanos: monedas oxidadas, sin valor, bolitas de vidrio, figuritas de álbumes jamás completados y rara vez adquiridos, cables, chapitas de gaseosas, clavos, tornillos, tierra, globos o restos de globos, en definitiva una inmensa colección de artículos inútiles afuera del cajón pero que adentro señalaban al mismo tiempo una época, una sucesión de épocas, una multitud de intereses, el momento cuando se renunció a esos intereses. El cajón hoy sigue allí, cerrado, invisible a la cotidianeidad de mi familia, de donde se concluye que a veces ( estamos apretados, después de todo somos cuatro y el cajoncito no tendrá más de 15 x 15 x 10 y como diez años de contener tesoros fabulosos cuya única justificación es el de permanecer mezclados, resistentes y con paciencia, antes de que el olvido los sacuda, sin mirarlos casi, dentro de una bolsa de basura), se concluye, decía, que el pasado acecha en los sitios más impensados, y se acumula hasta en las chatarras que nos ayudaron a crecer y supieron crecer con nosotros. Rosebud le llamaba Wells en Citizen Kane, así también le llamaba Osvaldo Soriano pero desplazando su significado a un árbol del sur del país, Rosebud, decía, era ese agujerito o mirilla por donde nos podíamos ver a nosotros mismos.

Como se ve el tiempo no es un río que va a entregar sus aguas a la mar que es el morir, también sabe ir hacia atrás, hacia delante, hacia abajo, en dirección opuesta a mi propio tiempo y, sin excluir otras infinitas posibilidades, sabe ausentarse durante un tiempo y retornar o no precisamente retornar si no nacer por primera vez

Cuando yo nací el tiempo no existía. El occiso se autoidentifica como el inventor del tiempo, no reclama ningún derecho de autor y en cambio solicita que lo exoneren de culpa por haberlo hecho. En vista de su delirante discurso el perdón le es concedido pero en contrapartida se le acusa de mentiroso, es sabido que Dios y Macedonio Fernández crearon la tierra, el cielo y prácticamente todas las cosas anteriores al fuego, la rueda y el rock and roll.

Silencio, el occiso está diciendo que podría invocar el nombre de Julio F. Cortázar, traductor y autor él mismo de historias de propia invención, Robinson Crusoe y los dibujos de Carybé, editorial Viau y decir que el libro de Daniel Defoe se hallaba en la planta baja de una pequeña biblioteca para niños con forma de casita, de madera, techo rojo a dos aguas, debajo de un cajoncito lleno de porquerías fabulosas amontonadas por generaciones de niños, cuatro en total, y de libros verticales cuya traducción dudosa de Peuser narra todavía las historias de Robin Hood, David Copperfield, El último mohicano y La isla del tesoro. Actualmente la edición de los hermanos Viau en traducción de Julio F. descansa entre las pertenencias del occiso. Su valor se reduce al apego emocional pues no vale ni su peso como papel reciclable de tan mal cuidado de los insectos y la humedad en que se hallaba antes de ser rescatado por el occiso.

No en vano invoqué ese nombre ni los libros ni el tiempo haciéndose añicos y acumulándose esférico en los rincones de las casas. Todo ello ha permitido al occiso trabar relación con los sujetos José y Alejandro (consigne la palabra amigos usada por el occiso antecediendo los respectivos nombres). Si no hubiese encontrado esa moneda vieja de 1945, una espiga y la cara de Evita, enterrada, si no hubiese corrido a depositarla en el cofre del tesoro, si no me hubieran llamado la atención los lomos de los libros y su olor a viejo, sobre todo el más grande en tamaño y dibujos en traducción de Julio F. y si no lo hubiese leído y luego a los demás, con afán nómada, Robinson era él mismo un nómade, si no hubiese dejado de lado mi tesoro material y si no me hubiera convertido a la fe de los que aman la literatura aun si ello me empuja a vivir miserablemente, aun si ello me empuja a estudiar letras en la universidad de Salta, ya desgraciado y condenado, jamás me hubiera cruzado con José, con Alejandro y con Claudia. No es casualidad ni predestinación pero el relato se encapricha a este respecto: sucedió y listo. Tantas otras cosas debieron sucederle a cada uno de ellos para venir a involucrarse con frecuencia en esta enredadera.

Perdone, ¿dónde íbamos? ¿dónde nos habíamos quedado? A veces tiendo a la digresión, me disperso, dispongo mis energías e intento retomar el hilo pero el hilo es el de un barrilete remontado con exceso. Se ha roto, nos abandona sin despedirse, rojo, verde y a veces amarillo o algo naranja, de acuerdo con el sol, o el hilo es el de un tejido deshilachado o no es un hilo todavía, hace falta convertirlo a su forma propiamente dicha, etcétera, etcétera. En fin, la cuestión es si hay que contar el relato de la vida o vivirla, decir o ser, decir siendo o ser lo dicho. ¿En dónde queda uno? Uno queda dónde, vaga zona de pasaje entre ser y no ser.

El occiso asevera ser un enredo de personas y objetos, una sumatoria de historias cotidianas que han tenido lugar en diferentes sitios, circunstancias y compañías. Recuerda con claridad haberse enamorado de la lluvia bajo la lluvia un domingo de pantalones cortos amarillos, remera musculosa celeste con paisaje de playa lejanamente inventada y marrón estampada, con seguridad barata y con mayor seguridad heredada de su hermano mayor, los pies calzaban sandalias azules de goma, de un azul intenso, y, salvo por la medida, igual en todo a las de su hermano más chico, Eduardo, con quien, además de las sandalias azules comparte la fecha de cumpleaños.

Procedían aquella vez de la casa de su tía Julia en compañía de su madre, Gladys Emeteria por culpa de su madre Olivia Emeteria Cuellar, quien curiosamente detestaba el nombre Olivia, a diferencia de su hija y del hijo de ésta, a quien siempre le provoca risa. Así que bajamos del colectivo, que entonces era barato, y nos dejaba a la vuelta de mi casa, subimos por la cuesta dos cuadras y sin el menor anuncio se desbarrancó el cielo y todos comenzamos a correr pero yo no corría para refugiarme, la lluvia del verano me besaba enorme con sus lenguas infinitas, apresadas por mis ropas de niño que ya se iban deformando por el peso, la goma de mis pies chillaba, simplemente corría porque así debe ser la felicidad cuando uno tiene pocos años sobre este mundo, porque las chapas de zinc estruendosas y espléndidas ejecutaban una percusión imponente tanto si uno se ponía fuera como a su cubierto, porque sus canaletas formaban cataratas a lo largo del pasillo que permite entrar a la casa y todos se bañaban lo quisieran o no, porque la lluvia me decía con todas sus caricias, golpes y canciones que ella sería mi abrigo mi casa mi piel e inmediatamente le regalé mi fidelidad y la dejé inundarme con sus millones de gotas y no importa mi amor si estás triste porque debajo de la lluvia uno es la lluvia y es la tierra y es el cielo y es necesario sacar toda la voz sin guardarse ni un pedacito y comenzar el canto y, ya entregado a la majestad de la vida, volverse colores y la canción misma, ser uno la canción.

¿Y después? Después puedo remontarme a otras lluvias, en otras ciudades donde anduve, a poemas, libros enteros, a la meteorología, a la soledad, a los chorros de agua arrojados en el patio en dirección al cielo para regar un pedacito de tierra con una lluvia de juguete, a los carnavales, pero ahora le toca el turno a un árbol de jacarandá.

No fue hasta un día en que cayeron hojas violetas desde un jacarandá que descubrí (es solo un verbo y no me corresponde pronunciarlo) la íntima relación entre mi lluvia y el viento. Sin necesidad de agua ni nubes negras, Claudia me señaló con su voz y su dedo: mirá la lluvia de flores. Hasta entonces yo había vivido ciego y ese día Claudia me regaló el viento. Me lo presentó bajo el nombre de Anselmo. Una vez, veníamos de alquilar una película en el Bolckbuster y en el camino nos detuvimos a comprar naranjas para preparar una ensalada de atún con naranjas llamada simplemente y, no sin decepción, atún con naranjas que ninguno de mis amigos se atrevía a probar ni a mencionar, y vimos que cerca de la verdulería había un jacarandá gigante y Claudia lo señaló, miré y ella silbó el nombre del viento (anote que el occiso silba y que se puede anotar el silbido pero no cómo era el mismo y que por eso en la literatura son pocos los silbadores) y estalló la copa repleta y vino en dirección nuestra un viento lluvioso y violeta. Por magias como esa Claudia era hermosa. No supe de nadie que haya hecho algo similar, yo nunca lo intenté. Pero Claudia está triste ahora y una lluvia de flores no alcanzaría. Por esto mismo, porque una mujer puede llamar al viento por su nombre y el viento acude y hace llover flores y yo la amo en esa lluvia y porque luego la pena es mayor que la lluvia, el occiso prefiere pensar que la vida es bella y triste como las campanas.

Sin embargo, tras un silencio (si acaso lo hay), el occiso, asiduo lector de novelas y espectador de películas en el cine, experimenta la siguiente desesperanzadora certeza: los finales son tristes aunque sean felices porque después no viene nada más, viene la nada, una página blanca, una pantalla negra en una sala a oscuras, alguien se levanta, abre la puerta y ahí está de nuevo el mundo, empecinado en cambiar con una lentitud inadecuada con los plazos que le hemos dado. Precisión, más precisión, corrobore la relación del sentido de las palabras del occiso con las de más arriba y luego prosiga la transcripción.

Dentro de la historia de uno hay otras historias más pequeñas o más grandes pero que en todo caso no son la historia completa y llegan a su fin, así con Claudia. Por eso el final es triste. Salgo de Claudia y después viene el mundo, obsceno, grotesco, desabrido, tal como lo dejé antes de ingresar en su historia o ella en la mía ¿o era un solo relato, nuevo, ajeno a los dos y a la vez tan propio? De chiquito me entristecía no tener con quien jugar a veces, de grande me asusta no tener a Claudia para armar una historia de amor.

¿Todo llega a su fin? Supongo que sí, basta con enmudecer, cerrar los ojos, los oídos, flotar en el vacío, obstinarse en el encierro, clausurar los círculos aun si estos no son clausurables, cortar de raíz la enredadera. Por ejemplo, en qué punto se encuentra el círculo José, el círculo Alejandro, cuál es la clausura conveniente para cada uno, ¿ha tocado a su fin su presencia aquí o continúa?, si continúa ¿por qué callarme, darles un fin sin haber finalizado ellos?

El occiso muestra señales de cansancio, de todos modos continúa diciendo que el mundo es alucinante, ya lo dijo Reinaldo Arenas, y la realidad comporta las características variadas del delirio, producto de las experiencias del occiso con drogas de diferente procedencia, composición química y modo de suministro.

Exhibiendo un nudo alrededor del cuello, el occiso declara haberse rescatado de aquellas sustancias por escasez de recursos (adviértase que el dinero va y viene, que las drogas siempre vienen y que el hambre nunca se va y también que el occiso no produce muestras de arrepentimiento si no de adoptar gestos de un occiso en actitud de espera, las manos en los bolsillos, de pie en una esquina, la guita justa entre los dedos, el resto escondida entre los huevos o en la media, la cara de descarte, la impaciencia tirando humo del cigarro o agotando la birra, a veces es distinto y todo sucede como si no sucediera y todos saben que está sucediendo y el pasamanos indica que nos vemos otro día).

José y Alejandro viven lejos de mi casa y entre ellos. Lo mismo el trípode funciona. Si uno tambalea, la mesa se nos viene abajo. Si no es una mesa el objeto que nos toca sostener y resulta que no importa, que en realidad es a los otros a quienes sostenemos ¿eso nos convierte en hermanos? A veces sí. Otras en hijos tristes y, en el caso de Alejandro y José, huérfanos de padre. Somos pobres, indudablemente. Ahora sus vidas se concentran en otras enredaderas. Los oigo a veces rumiar tristes y se me ocurre decirles que la vida es una canción alegre, salvo que la vida no es eso y la redención no nos ha salpicado ni un poquito. La buscamos, no crean lo contrario. Hemos juntado nuestras voces para gritarle en la jeta al universo que todo es una maravillosa mierda. Una característica común a los tres es la imposibilidad de pronunciar con claridad ciertas palabras o frases, sobre todo si hay público presente, lo cual provoca frases como ¡sacáte la papa de la boca! o ¡lengua mota! Sin dejar de lado la papa ni la mota, esto nos convierte en artistas incomprendidos.

El occiso precipita su narración e informa de un viaje a Perú a principios de setiembre. Especie de destierro o cárcel para perdedores. A veces rozo la alegría y hay tardes donde morir es la mejor o la única alternativa. Podría extender el relato pero la irrevocable circunstancia de su deceso se lo impide. Siempre puede uno retomar el hilo, dice, ¿y después? No sé, el cielo para los creyentes. El reposo para los cansados. Como en las películas, uno se muere de mentira. Solamente los sueños son verdaderos, el resto es literatura. Puedo contar esto de mil maneras, puedo decir la verdad y sin embargo todo es un invento.

¿Dónde está Juan? Se lo ha comido el cuco, por no tomar la sopa. En días de hambre vino el cuco a visitarlo y le tendió la mano, ¿le disparó con su dedo índice al tiempo que emitía el característico ¡pum!? Le dijo si debía llevar consigo mucho equipaje. Con la mochila es suficiente. Se embarcó en una desnudez de cuello y se arrojó por la borda. ¿Lo extrañan? ¿Lo han perdonado? ¿Le ha salido caro el viaje? ¿Volverá? ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Vio acaso la lluvia por última vez? ¿El círculo se ha cerrado? ¿Dónde está el cajón de las explicaciones? ¿Alguien puede responder cualquier cosa? El occiso se niega a continuar. Siendo las diez de la noche del jueves 16 del corriente, se establece que esta es toda la información que la autopsia del occiso nos permite recavar.



[1] que después de persuadirlo con argumentos sólidos, el occiso aceptó entregarlo. Proceda ahora a describirlo teniendo en cuenta sus dimensiones (aproximadas) de 18 x 20 x 8 (tradúzcanse las coordenadas por ancho, largo y alto), tapa dura, 200 hojas rayadas con marcas de visible mutilación, inscripciones, manchas y dibujos de autoría del occiso, papel extrarresistente, color amarillo. Inmediatamente proceda a quemarlo y, una vez remitidas las cenizas, según las disposiciones más convenientes, haga constar que éste nunca existió, de tal suerte que debe borrarse esta nota al pie y, repito, (anote mi repitente insistencia o mi insistente repetición) que el cuaderno nunca existió por más que el occiso declare

abril 10, 2009

ENREDADERA 3

LA DESPROPORCIÓN DEL PRESENTE

yo aquí: afirmo el deseo en un territorio desmedido: el deseo acontece: aquí: lugar de reunión: donde me unifico a vos: dos somos uno: uno nuevo: aquí sos- tengo: sos todo cuanto tengo: en el presente: me presento ante vos para darme sin medida: despojado de yo: ser aquí: tránsito de yo a nosotros: otros: en la captura deseante vosyo/yovos nos tenemos entre: nos compartimos: nos damos desposeídos de lugar de origen: puro devenir: entrega-dos: encontra-dos: elegi-dos: entraña-dos: torsión de espacio tiempo conciencia cuerpo: aquí: morada secreta adonde nosotros sabemos llegar: únicamente.

abril 05, 2009

ENREDADERA 2

acosado por una lucidez abyecta no tengo nada que decirle a nadie porque cada uno debe decírselo a sí mismo. se trata de un delirio por elevación: orgasmos, drogas, epifanías. la nocturnidad acontece pródiga en favores. aquello que hacemos cuando estamos solos y porque estamos solos también se llama vida. quien interpreta dice algo nuevo. quien pretende convencer mueve a risa. preso del deseo hablo en simultaneidad e igualdad con el resto de los humanos. no me interesa ser oído, me interesa ser boca, una gran boca devorando otras bocas y regurgitando sonidos indescifrables en todos los idiomas del cuerpo. hallé la oscuridad y en la oscuridad había otros. supe que era libre cuando comprendí que pensar es apartarse de los demás y de uno mismo al ritmo que nos va sugiriendo la fugacidad. desaparecer para dar paso a la renovación. simultáneo e igual, soy los cuerpos que habité, que me han tocado, soy lo más secreto que existe, cada uno lo es porque lo está pensando y el pensamiento es impenetrable. lo que uno tiene para decirse tensa nuestra búsqueda. mientras buscamos, en algún momento nos vamos a cruzar y al encontrarnos con-fundiremos nuestras búsquedas, las habremos com- partido y luego el viaje seguirá porque la quietud atrae la muerte, pone fin al deseo. la enredadera significa irse, partir con, no importa hacia dónde porque en el insólito rumiar de estas calles siempre nos vamos a cruzar, nos vamos a hacer compañía, vamos a saber que la separación representa la certeza de que andás por ahí y eventualmente nos volveremos a encontrar. algo, un detalle, un átomo, una historia, algo nos conecta con todos al mismo tiempo creando un cuerpo inconmensurable y poderosamente humano. para que el mensaje sea claro podríamos imaginar que todas las voces se superponen. no digo caos, digo libertad. hablo de paralogismos, de interpretaciones aberrantes, de perversiones sexuales, de locura, de viajes alucinatorios, de errancias lúmpenes, de minorizaciones salvajes.

abril 03, 2009

mi boca nada

como con una fiebre sin tiempo, tubular y deliciosa, en donde se me cuecen imágenes y pasajes de algún temblor, así me siento a escribir. me sale hacerlo a mano, por la mañana, por la tarde, por la noche, en el baño, en el livng, mientras almuerzo, en una plaza. como si el tiempo me corriera para comerme y no quisiera ser tomado por sopresa. la escritura surge ahí donde yo dejo de habitar el mundo, cuando asedian las privaciones y las ausencias son dificiles de repeler, empezando por mi propia ausencia. la escritura surge como necesario trance hacia otra voz, otros cuerpos.
leí el título de un libro: de voz hice cuerpo.
simplemente escribo porque sé que estás ahí, porque en algún punto no estás, porque si no lo hago unos monstruos de seguro me devorarán las entrañas. ¿se puede decir: te entraño en vez de extraño? es decir con lo más visceral de mí, no solamente con los ojos o las manos o el sexo erguido. la escritura en parte responde a eso. escritura es enredadera. y al mismo tiempo incesante pregunta quién soy vos, quién sos yo. planea sobre la distancia y por necesidad o por altura conviene en fracasar.
resulta absurdo sostener que nos comunicamos, decís. sin embargo la escritura está ahí y si está ¿qué la sostiene? ¿el sentido o el hecho de ser vos y yo quienes la tensan? ¿o su sentido es el deseo? con lo cual no se necesita que el otro entienda, si no que desee con uno, que al saberse deseable se vuelva a su vez deseante. que al sentirse amable se convierta en amante. la escritura surge ahí, en la fuga y la metamorfosis, no en la fijación de un sentido. en consecuencia habrá que sostener lo siguiente: en vez de dar a entender con la palabra, simplemente dar la palabra.
te doy mi palabra, una forma de la respiración de mi cuerpo. en este mar mi boca nada y quiere terminar en tu boca, hacerse parte de tu cuerpo y que la respires con tu propio ritmo.

abril 01, 2009

ENREDADERA


que yo escriba esto significa que estoy pensando en vos. es decir: juego con la idea que vos tendrías acerca de cómo escribir la enredadera, lo cual presupone mi idea de cómo pensás mi enredadera y mi idea de lo que pensás de mí. en consecuencia tenemos ya una primera ramificación. escribo esto por y para enredarme con vos, primera destinataria de mis deseos más tenaces y rehén ferviente de mi cuerpo más apasionado. de todos los viajes que emprendí, de todas las visiones que tuve, de todos los cuerpos que fui, aquellos junto a vos, en vos, han sido los más genuinos, extraordinarios y cercanos al punto exacto del placer. que yo escriba esto, en defnitiva, también significa que no soy yo, después de todo, si no un deseo, una tensión entre muchas y por lo tanto yo, aunque parezca tener mi punto de partida en algo parecido a mí, ni comienzo ni culmino conmigo. esto último es, pues, mi deseo: carecer de límites.
en alguna época dije: la escritura comienza aquí donde yo estoy, parafraseando al barthes del discurso amoroso cuando dice que la escritura comienza allí donde no estás. pero la escritura ya existía antes que yo y yo existía antes de la escritura, con lo cual nos podríamos ramificar en otras direcciones (diversiones - de divergente). en todo caso yo devenía en la escritura de una forma particular y específica, algo así como una condensación de subjetividad, aunque también una condenación, ciertamente, porque ¿por qué tenía que ser yo de una sola manera?
ahora tiendo a creer que uno escribe para diluir el ego y dispersarlo entre los otros. la palabra, vos me lo hiciste saber, es un don, un regalo, y por eso poco importa aquí lo que yo quiera decir, importa que lo diga. luego otros se encargarán de hacer uso de ella como mejor les parezca.
mi deseo, por si no lo habías notado, pasa también por agradecerte esta revelación.