julio 11, 2009
LO QUE SALE, LO QUE VUELVE, LO QUE NO SE VE
junio 25, 2009
SUEÑOS EN AYUNAS
PREGUNTAS
junio 12, 2009
EL DÍA MÁS FRÍO DEL AÑO
Estoy loco. De contento. Hoy es el día más frío del año. Este es el verdadero día más frío del año, el de la semana pasada hoy nos parece un cálido juego de palabras que esta mañana nada tiene para decirnos. Cuando uno dice que está loco de contento tiende a exagerar la sonrisa, no se sabe bien si para acentuar la contentura o la locura. Ni mucho menos se puede saber en qué zona de la cara se encuentran, en justas proporciones, cada una de estas. Lo cierto es que sonrío. Al menos eso muestran las ventanas cuando voy dejándolas atrás, y dejo atrás mi trabajo, mis posesiones mentales, y me miro en esos vidrios negros a la madrugada, me sale vapor de todos los poros, sólo ellos pueden saber que existo en este día, al parecer ahora son mis únicos confidentes y sigo sonriendo porque ya no es necesaria la ocasión de las palabras. Las palabras lo enredan todo y sirven de escondite a la bestia que luego somos y anuncian una sola cosa: despedida, dejar de pedir, ¿verdad? Al menos así es en este día, el más frío del año, que me persigue con lascivia de cazador.
Mejor no nos pongamos meteorológicos, circunstancia propicia para anunciar, introducir podríamos decir pero no se trata de algo que hay afuera y luego tenemos que meter adentro, digamos, la melancolía. La verdad es que sonrío pero una suerte de penuria inconfesable me abrasa las vísceras, con lo cual se impone decidir: o sonreír entres estas calles o pensar, pensar y pensar todo el día. Nunca sé cómo es posible pensar en el día más frío del año. La suerte de las horas malamente nos puede acompañar si estamos solos. Y de estar solo se trata cuando el cielo permanece quieto, las hojas secas permanecen quietas y quietos los autos, las personas a medio paso entre el cordón y el asfalto, en la espera de la recolección de pasajeros, el pájaro del cable, la bolsa de nylon infaltable en toda imagen que aluda a la melancolía, todo permanece inalterable, congelado por este frío de locos que atraviesa fibra a fibra mi ropa y me da vértigo en el pupo, ahora un radar de acontecimientos minúsculos.
Añadiré a la permanencia el carácter minúsculo, cuando no absurdo, de todo cuanto sufre el asedio del frío. Yo mismo soy minúsculo, o absurdo, o ridículo, porque mientras todos presienten la congelación sonrío, vestido de payaso en el día más frío del año, que es hoy, no el de la semana pasada. La semana pasada vuelve a sonar en los oídos como un país del que apenas si sabemos el nombre. Y por otro lado se rumorea entre los transeúntes que ese día no podía ser más frío que este y quieren rescatarlo para sobrellevar el presente, como si no fuera ahora, aquí donde asentamos los pies, el mejor lugar, si bien, claro está, el único.
Lo cierto es que los que no tienen casa no saben estarse quietos, iguales a los perros dan vueltas en busca de algún lugar para echarse. En esto estoy cuando la vida recupera el aliento, que se había espesado en una niebla durísima y puedo ver que estoy mojado de ella. Y puedo ver olores en su origen. Al lado de la ruta un canal se abre, exhala su tufo y espanta a los pocos que quedan en pie en las paradas del 60. Al principio me aturde saber que eso también es vida, acaso mucha vida hay en ese miasma donde infinidad de seres se mueven sin cesar. Después sentí pena porque en esa podredumbre insoportable se manifestaba la vida. Todavía más, la vida se manifestaba insoportable.
Seguí caminando, el olor desafiaba mi tolerancia, apresuré el paso, los autos seguían de largo, apenas despiertos, bostezaban con las frenadas del semáforo y cobraban impulsos parecidos a naves de papel hasta convertirse en puntitos rojos y de inmediato tomar la forma de la niebla de donde habían salido. Pero ¿por qué era insoportable? Si eso era la vida, la vida en todo caso para mí. Ese caldo pestilente acaso nos aproximaría a una especie de origen, no podía ser que solo fuese podredumbre, el sentido fétido de su existir ahí para mí era mostrarse en su plenitud viviente. El frío no había detenido los signos vitales de esas aguas mientras todo alrededor era petrificado por la madrugada.
Entonces me detuve, amigos míos, me detuve de una manera en que solo puede detenerse quien ya no es dueño de sí, quien ha sufrido en la invasiva noche el conocimiento de que tan sólo sabe caer y caí, mis amigos, caí en esas aguas podridas y nadé entre los camalotes y choqué mi carne con el torso engusanado de un perro alguna vez blanco y recibí en mi frente las cualidades de la mierda, eso también era la vida, de allí también iba a salir, de un lugar parecido habrá nacido por primera vez el universo. Una vecina asustada corrompió mi éxtasis con un grito que alertó a los policías acerca de mi felicidad. Aguas bautismales del infierno, podría decir para producir algún efecto retórico, pero yo era nuevo, soy nuevo, en el día más frío del año, me pasean desnudo de una comisaría a otra porque no soportan mi hedor, mi perfume a viviente, porque ahora en mí, que estoy solo, que solo puedo saber de mí que estoy parado en la cabeza del día más frío del año, todo es nacimiento. Eso que se muere dará habitación al detritus, sí, y entonces nacerá un nuevo jardín. No puede decirse de otro modo.
junio 11, 2009
TRAMPA
ahí está, haciendo trampa, nada se resuelve sin acudir a una garganta que permanezca sin abrir, ¿hay algún degollado entre nosotros que todavía pueda hablar? el cuerpo ni siquiera tiembla, perdido, sin humedad, el cielo no quiere llover, escampará, caminarán las viejas hormigas en hilera, se irán sumando nuevos tejidos a la consistencia de estas telarañas, la blancura no demorará en cubrirnos desde adentro, la desnudez, cuando es final, tiene ese color. si tan solo fuera transparencia y luz, si tan soleadamente no nos derritiera el tiempo.
aquí está, haciendo trampa, jugando con las reglas al revés. voy cansado de moler mis huesos en este mortero, ¿para qué? para ser polvo, para formar parte del codicioso viento que lo quiere todo para sí y no da nada, nada. algo habrá de revelarnos la huella del insecto, la corrupción, los tonos verdes, el semen que ya no dará hijos. nada en la nada, nada, nada se salvó de arder.
MUDO MUNDO
EL AMANECER Y BEPPO
beppo llegó a la suposición, verosímil a esa hora, de que las naves jamás descendían, que formaban hileras y le daban la vuelta al mundo con el único propósito de sostener la ilusión en la diminuta humanidad, que ya ni siquiera los confundía con pájaros, de que los tiempos de ahora pocas sorpresas tienen para ofrecer. en efecto, sería más sorprendente ver el cielo despoblado y las ciudades a oscuras, pero a esto no llegaba beppo.
su interés, no diremos el único pues nos podrían acusar, con justa razón, de pobres exégetas de quien, afanado en mirar el cielo y descubrir cosas, sí, cosas, con toda sencillez viene a presentarse tirado sobre el pasto, además de las cicatrices dejadas por el trazo de las naves se dirigía a la comezón de su propia carne, transitada por pasajeros de otra índole.
verifiquemos cualquier presencia de ánimos panteístas antes de proseguir. si beppo está allí, traspasado de asombro, no cualquier asombro, más bien por ese confuso, cuando no abrumador sentimiento del cosmos tensando de infinito el cuerpo minúsculo, y si esa misma tensión es lo que asciende hasta su pensamiento transportando su espíritu, inquieto y al mismo tiempo presente en cada átomo del universo, de una estrella a otra a una raíz endurecida a un grillo que salpica sus dedos con una baba color miel a una piedrita cuadrada con pintas rojas a una brisa de aire crudo a una pared de adobe a un enrejado negro a las uñas de sus pies...
hay que ver si todo lo que siente es el universo y no más que uno de los efectos propios y posibles de haber fumado marihuana, pues ha de saberse que hay otros estados, también pasajeros. curiosa palabra esta última, empleada ya en ocasión de hablar de las sensaciones de beppo. ahora refiere a un estado sintiente pero cabe preguntarse quién o qué pasa, beppo o la sensación. qué es el pasaje en este embrollo de ojos que detenidamente se apoderan de beppo hasta, por decirlo de algún modo, devorar a los sentidos restantes.
incluso aquí habría que ver si no será que en realidad (pero qué parte de la invención corresponde a la realidad) el pasajero es beppo que, precisamente, pasa a otro sentido, vale decir a un lugar, equívoco lugar por cierto y en esto concuerda con su función de servir de pasaje, donde, mejor dicho, todo es sentido. con esto descartamos la sospecha de panteísmo pero ahora acabamos de abordar otro tren, para no abandonar todavía las imágenes de viajes, no menos erráticos que el anterior, el de la alucinación.
en efecto, beppo no alude con sus preguntas a nada real, a nada que podría interpretarse como plausible en la realidad, sus preguntas, si a algo conducen, es hacia sí mismo en estado sintiente. ahora bien, he aquí que, por su parte y como se verá enseguida casi hasta desprendidos de beppo, sus sentidos tampoco parecen guardar mucha relación con lo que sucede alrededor. digamos que si hay alguna conexión entre beppo y el mundo, esta se da bajo la forma de una invención o, si se prefiere el término más corriente, de una alteración.
de otro modo, lo dicho recién también puede decirse con el siguiente giro: las sensaciones acarrean a beppo y no beppo a sus sensaciones. de esta suerte, sometido como está su cuerpo a sentir, éste le es presentado como un extraño. de pronto el humor que acompaña la embriaguez narcótica le revela un deslizamiento en el pacto de complicidad entre ellos. a lo sumo ahora son huéspedes en un mundo tironeado por sensaciones voluptuosas y cuyo lento fluir deriva en alguna especie de conocimiento volátil que, en ese instante, parece percibido por primera vez e incluso digno de captura. de cierta manera, decíamos, los ojos devoran a los demás sentidos y beppo se sitúa detrás de su cara, no siendo más que un observador privilegiado de los acontecimientos del cuerpo. todo lo que atraviesa su cuerpo, desde las patitas del grillo hasta el sabor ahumado de su saliva, se manifiesta con la intensidad reveladora de un microscopio.
en la pureza del asombro que todo le provoca es donde beppo traba amistad con las cosas que le rodean, desvestidas de bondad y de maldad, vistas tal cual son y sin embargo inconfesables, porque ya dijimos, y no será insistir demasiado, que beppo no tiene más que ojos y la información que por ellos entra no sabe salir del mismo modo.
no debería sorprendernos ver un hombre tirado así en el pasto. el poeta manuel castilla en sus poemas no parece hacer otra cosa que pasarse mirando lentas nubes cuando no anda por ahí tiznado de infinito. pero no es la teoría literaria ni la crítica ni cuestiones como la contemplación del alma ni mucho menos detalles legales, minucias civiles, del porte del consumo de estupefacientes, vale decir aquella sustancia capaz de llevarlo a la estupefacción, lo que atrapa a beppo, su cuerpo y sus sensaciones en un remolque en apariencia estático.
beppo está imantado y flota en dirección al cielo. no es elías, arrebatado en vida a los cielos por dios cuando esto era aun posible, sin embargo ese cuyo peso tiene la seguridad de inmiscuirse con la tierra blanda del parque, se siente leve y, si observamos con atención, ya tiene los ojos cerrados cuando clava las uñas y arranca de raíz unos pastos y ya está sonriendo cuando el misterio del amanecer espanta el tiempo de guardar lejos del vecinadario y los pájaros comienzan a explotar entre las ramas lo mismo que alarmas estratégicamente dispuestas y los primeros autos del día ganan las avenidas y se mezclan con los últimos autos y los de a pie confunden la ensoñación de otros con sus propios miedos y no ven pasar los aviones porque el escenario para ellos está ahí, frente a sus narices, donde dan su puntapié inicial las horas de la obligación y beppo, todavía dulce, sin abrir los ojos enrojecidos, cuando los perros tironean al paseador.
en breve la ciudad será un estallido y beppo siente que una burbuja lo rodea y el sol entibia cada vez más su cuerpo, en señal de que está cerca, y estar cerca del sol también quiere decir estar solo y aún no se atreve a abrir los ojos cuando sospecha que ha alcanzado el tajo celeste. si otros pudieran entrar aquí, mirar conmigo, piensa y luego piensa en quienes serían los invitados y luego si no serían un ancla llevarlos a todos y se despreocupa de cualquier acusación de egoísmo porque nadie tiene instrucciones para sentir, mucho menos eso que él siente y por eso nadie podría mirar con él, a lo sumo mirará para el mismo lado pero hasta ahí nomás resulta posible saber, más allá es invención, más acá también añadiríamos aunque sin pretender alterar el discurrir de beppo, por estas alturas, nunca dicho con mayor justeza, apenas un puntito negro en el aire. el día tiene aún muchas cosas para dar en el momento en que la boca del subte traga personas enteras sin devolverlas.
junio 10, 2009
CERRÉ LOS OJOS
CERRÉ LOS OJOS
La verdad ya estaba borracho cuando entré. Escuché jazz, miré la hora, casi la una, noche minúscula de martes, un bar de luces amarillas. Pedí una cerveza. Me la sirvieron bien helada y el de la barra depositó al mismo tiempo un bol lleno de palitos salados. Unas cuadras antes me había despedido de unos amigos antropólogos y ya empezaba a extrañarlos, ese carácter etnográfico desplegándose en cada mirada, el bullicio de sus risas, los viajes del pasado, los que sugieren sitios como la isla del sol o de la luna, las parodias de cuando éramos adolescentes, sus ocupaciones raras. Son mis amigos desde hace años y no podría imaginármelos de otra manera que gastándonos bromas y recordando, se nos va el tiempo en recordar, abrazarnos y jugar a las escondidas cuando la borrachera nos ha copado los cerebros en la plaza del Congreso.
Había querido entrar en este bar desde hace tiempo, cómo son las cosas, justo un martes vengo a brotar con guita. Los palitos salados en el bol, percudidos, ¿rejuntados del piso? Para el hambre no hay pan duro. Apenas un rato me duró la cerveza, la sequé y comencé con los infames palitos. La música cambió a unas ilustres baladas pop. Ya no volveríamos al jazz en toda la noche. Pedí otra cerveza.
En la mesa de al lado habían dos peruanos y un chileno. Hablaban de
Curioso en olfatear matices, sin embargo ciertos viajes se parecen, nada más el viajero conoce los motivos, los detalles de la peripecia, los descubrimientos, los destellos de sin razón que ponen a temblar por las noches, el cordel de los caminos para volver, la distancia que pesa sobre sus cuerpos, en fin, que resumieron así: sale de ciudad natal, llega a ciudad hostil, les gusta pero extrañan las comidas, no entienden el uso de algunas palabras locales.
En realidad no están contando, están tomándose de las amarras del pasado, no se los ve convertidos en estatuas de sal pero el gesto no admite equívocos: cuando dicen Lima o Santiago, están paseando por esos mapas íntimos donde los cuerpos se vuelven el simulacro del puro yo; cuando dicen aquí Buenos Aires, dicen todavía allá Buenos Aires con el mismo tono del día de su despedida; mencionan comidas, ceviche, completos, arroz chaufa, algunas otras extravagancias que posiblemente no tuvieron la oportunidad de probar; y como un juego de naipes, empiezan a partir el mazo y a repartirse palabras, después de todo son las únicas posesiones para jugar, ya no les importa el acento delator y comienzan a sobredosificar el pacto solidario que este juego trama, comienzan a darlas vuelta y las puedo ver: coger, pata, huevada, huevón, brother, fome, chucha, pe.
La mesa se llena de huevón de acá, huevón de allá, huevón esto, huevón aquello y hasta se animan a levantar la voz. El tipo de la barra merodea porque hay unos obreros en el subsuelo, donde los fines de semana tocan bandas de jazz, y hacen un ruido infernal con los taladros y los martillos. Uno de los peruanos se pone a cantar En la ciudad de la furia y no contento con eso pasa a explicárnosla aún a quienes nada tenemos que hacer ahí. No es cualquier ciudad, brother, es Buenos Aires, dice el artista. Presentí que había arribado a un tipo de conclusión contundente de esas que ya no necesitan más explicación porque todos entienden que no seguir hablando significa haber entendido y repitió Buenos Aires se ve tan susceptible, es un destino de furia y a cada repetición decía ¿ves? Es Buenos Aires, acá donde estamos. Todos nos miramos ¿dónde nos vinimos a meter?
Cada uno se enganchaba con su propio pensamiento. Decían lo que el otro escuchaba. Se sentían poderosos, el poder de arrojar la palabra y tomarla como un yo-yo. Esto era la libertad, estar lejos, ácidos con frases como “el Che es un señor al que le llegó la vida y dice no sé qué es la vida y se pone a pelear pero por él, para saber qué es la vida para él”.
Pienso en otra cerveza. Tras el recuento, ni para tirar hasta casa. Sin embargo estaba tan borracho que pedí un whisky. A lo mejor habré visto doble. Con hielo. No te alcanza, dice el de la barra. Después de un rato agrega no importa, te lo sirvo igual. Big mistake. Lo tomé muy rápido. Ya estaba en ese nivel de la borrachera en que francamente no estás borracho de tan pasado y necesitás un trago, un solo trago para hacer rebalsar la espuma del cerebro. Dibujé una especie de manos en un papelito, tomé nota de frases que al otro día me parecerían incoherencias documentadas, intenté cambiar la música del lugar pero sin resultado.
En la otra mesa comenzaron a contarse sus laburos de horarios infinitos, tediosos y desencantadores, día a día, desde el amanecer hasta un hotelucho pero en busca de otro más barato. Chucha, más cerveza hermano, que estamos celebrando la vida, gritó de pronto el artista. Me tomé las últimas gotas de mi whisky y empecé a arder envuelto en ese misterio de la ebriedad, cargado de poder, ya no era necesario seguir oyendo. El artista largó que Mariátegui los liberaría. El chileno dijo que no se hicera el Che, porque el Che había sido un pelotudo. No dijo pelotudo pero esa era la idea. Me entretenía más ahora el deseo de irme. Se callaron. Pagaron. También me fui. Pregunté qué días tocaba alguna banda y juro que en esos cinco segundos recordé todos los horarios y los días más la combinatoria de los precios.
Caminé por Corrientes arriba, al
La casa se había puesto en pie, con las puertas abiertas a todo lo que daba, sin embargo pronto sabría que no había nadie en este páramo. Añadí optimismo a estos ojos y resté desesperación: ahora veía con calma, de hecho la casa donde estoy resiste como una choza, cada vez se parece más a una choza en una isla desierta. De vez en cuando salgo a nadar en busca de restos del naufragio, qué salvar para llevar conmigo. Si alguien más habita este desierto. Pero ya no hay demasiadas ganas de invitar a nadie tampoco. Sonreí cuando llegué por fin a mi puerta. Era demasiado temprano, alguien estaba levantado presto para ir a trabajar. Me escurrí hasta la terraza y me tiré bajo un arbusto a dormir hasta que el dolor de cerebro pudo más. Entré en mi cama cuando sonaba el despertador, cerré los ojos. No, no quiero saber qué hay en el mundo.