septiembre 07, 2009

JUAN SIN TIERRA

¿debo morir?
ya no hay fotos mías
he dejado de asistir
a reuniones y fiestas
atender teléfonos o contestar cartas
no habrá idea alguna
que fui
marcelo ahumada, VII, MADRENATURALEZA
es curioso estar sentado escribiendo así, a las seis de la mañana de un domingo aún sin abrir, ¿qué nos depara?, en fin, los viajes lo vuelven a uno irreal, la falta de planes para el futuro también. hablé con marcelo ahumada, autor de un bellísimo libro de poemas titulado Yo soy la oscuridad, aunque la tapa diga el primogénito. a pesar de la oscuridad, me iluminó la noche. acaso no haré otra cosa que acomodar aquí las conclusiones a las que me hizo llegar.
al parecer todo comienza cuando uno se sitúa, elige y en ello se le va la vida. elegí irme, sin para qué, de hecho todavía no sé si a otra cosa que a vivir, esa vaguedad tan inquietante. no estudio, no vine becado para redactar mi tesis, no estoy visitando parientes, no me trajo la promesa de encontrar un trabajo bien remunerado, no me atrajo la idea de conocer la gran ciudad ni sus enormes carteleras, resumiendo, no fui traído por ninguna de esas boludeces por las cuales la gente viene a este enorme presidio. lo único cierto era irse de salta lo antes posible y para el caso lo mismo daba un cerro en el collamarca que la isla de los estados, al fin y al cabo la idea de no tener nada seguro fue el móvil.
la seguridad, por si no lo sabías, representa una mínima fracción de lo deseable, es más, casi hasta promete toneladas de tedio. prefiero mil veces la miseria creativa. así las cosas, si vuelvo, dice ahumada, a pesar de haber compartido todo con ustedes, siempre seré el que se ha ido. somos desterrados, me dice clavandome los ojos, en cualquier lugar del mundo, siempre estamos afuera, porque desterrado significa jamás haber tenido tierra. entonces cómo volver a un lugar que uno jamás tuvo, pregunta ahumada, ¿qué hacer con la catástrofe?
no atinamos muy bien a responder, preferimos el fulgor de la inquietud, ir sin responder para ver qué hay en la incertidumbre que nos devora de ansiedad, que nos promete más soledad. somos tristes por dentro, a pesar de reírnos de estas cosas. agita el whisky y cita: "la esfinge no habla ni dice, señala". la escritura señala los movimientos de zozobra a fin de poder continuar vivo. mientras algunos juegan a las palabras, unos se la juegan palabra a palabra, sangran de tanto jugar. a cambio de una tregua uno se sienta y escribe, deja su vida para que la vida lo deje vivir, traiciona, la clave de la literatura radica allí.
mi predilección por joyce me conduce a dedalus: "te diré lo que haré y lo que no haré. no serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como sea posible, tan plenamente como sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia". ¿qué más podemos hacer? estuvimos Aquí, luego vivir es más allá de Aquí, hasta es probable que hayas olvidado el significado de esa palabra.
la escritura sucede cuando te toca, espero que nos hayamos encontrado. por lo que a mí respecta, esta isla llega a su fin, no pienso escribir más aquí, ya tendremos oportunidad de viajar hacia otros lugares, por ejemplo siempre escribo a mano y si andás por la ciudad y si por casualidad el mismo bar y si un papelito que procuro arrojar para no verlos amontonarse en un rincón o acaso mi voz, de cuerpo entero, en carne viva...

ME VOY

me olvidé:
vendrá
comerá
mis entrañas
llenará su buche
y se alzará

apenas pude abrir
la luz
quemó mi lengua

estoy por acabar

a veces me da por hablar
con vos.

*
al sur
del horizonte
un vértigo
de estrellas

el vientre de la soledad
es infinito

pronto moriré

es una linda fecha
me dejo querer más.

*
capturé
la chispa
y me posé yo

tarde
sin luz.

*
me voy
a hacer callar
a trepanar los sesos
me voy
a romper

saldrá sangre
de los vidrios
veré la luz
en pleno vuelo

quizá me muera

me voy
a ir
me voy
a ir

si no querés
no mires

si vas
a soltar
mi mano
hacelo ya

puedo morir
pero
no voy

a desaprovechar
hoy
estas alas.

septiembre 02, 2009

A VER

Crucé un brazo contra el pecho, guardé la mano en la axila, llevé la otra mano hasta el mentón y me dediqué a contar las cosas. He dicho cosas, notoria diferencia sería decir la realidad, los objetos o lo-que-no-es-yo (es-no-yo), si acaso algo no lo es, si acaso algo lo es. Tras lo cual me obligaría a sostener que donde yo dice “cosas” debería haber puesto otra cosa, una palabra, sí, eso hubiera bastado para enmendar la vaguedad pero es que al mirar y sobre todo al contar uno pone las cosas en su lugar, es decir en el lugar que uno hace (tal la expresión “hacéme lugar”). Y aquí estamos, pues, tarea en principio sencilla, dedicados a mirar pasar las cosas (otra vez, en fin), a imponerle una suerte de unidad, de orden.
El mundo pierde nitidez y, ya sé, la acotación será redundante, no hay sorpresa en no ver los detalles. Dos sentidos saltan a primera vista. Uno remite al yo: he permanecido en el mismo sitio el tiempo suficiente como para perder de vista los acontecimientos breves, esos chispazos que si uno se mueve resultan nutritivos porque de alguna forma aluden a la memoria, desde su insolvencia temporal un evento reclama captura y a cambio ofrece el vértigo de verlo desvanecerse.
Dos, refiere a las cosas, si acaso no me las inventé: están ahí, funcionan engranadas en un mecanismo preciso cuya finalidad (si la tiene antes de que yo la observara) es componer eso que llamaremos el paisaje.
A ver: una puerta de vidrio que desemboca en el túnel de Libertador al 5300; autos a razón de 15 cada diez minutos hacia ambas direcciones, minoría de taxis; un delivery, piso 5º; seis vagones del TBA, por lo general celestes y blancos, tironeados de norte a sur, de sur a norte, 24 puertas, 72 ventanas, repletos de gente (¿en verdad quieren viajar?); 4 canchas de tenis, 3 singlistas, 1 dobles mixto de viejos; 25 árboles descapotados y largos; 16 reflectores apagados; una bandada de palomas; un cielo; una sola nube inmensa (del tamaño del cielo); un avión Austral o Aerolíneas, 15 millones de pérdidas mensuales (¿nada se pierde, todo se transforma?); dos ojos; 39 comentarios sobre el clima; 45 buenos días; 61 buenas tardes; 3 hola qué hacés; 1 hola Juan; 37 sobres de correspondencia; 14 pisos; dos ascensores; 76 personas y tres paraguayas (es broma, por las dudas tengo un amigo boliviano, gay, judío, negro y con sida, pero lo discriminan por pobre y porque se come las eses); 1 ex comisario general, 81 años, dos caídas en lo que va de la semana, una en el baño mientras cagaba, una propina (o indemnización); tres resacas semanales garantizadas; 957 rubias con tetas de silicona; 957 morochas con tetas de silicona; 354 perros meones, cagones, comemierda, refinados, insípidos, repugnantes, insectosos, reventados y sus respectivas mascotas; 25 probables sospechosos y cómplices de comisión de delito iguales a mí si no fuera que vendimos nuestras horas repartiendo comida, cartas, abriendo puertas, descargando materiales de construcción masiva, por la puerta de servicio, claro, blanqueados pero trabajando como negros, hay que servir porque lo inservible se tira en grandes bolsas de consorcio; una sola pregunta, un solo lugar, una sola vida.

septiembre 01, 2009

CEMENTERIO MARINO

Llego temprano al trabajo. Pretendo culpar por esto a la tormenta Santa Rosa, al bondi vacío, a las calles acanaladas cuyas bocas se han tragado toda la tormenta. Ya no llueve, no hace frío. Prendo un cigarrillo, hago unas cuadras a pie, doy vueltas a la manzana. Intento no ser visto. Zabala y Soldado de la independencia. Me detengo en una pescadería, San Miguel, logo de caballito de mar.
El local es pequeño, huele a puerto de juguete, los pescados parecen muñecos de cera con ojos de idiota, crush dummies sorprendidos en la siesta. Sus cuerpos babosos sin escamas están dispuestos para brindarle al cliente la idea de un cardumen, imperfecto, desde luego, porque estos nadan en hielo. Los salmones y los langostinos juegan entre un abanico de sardinas y tres besugos enormes encabalgados, boquiabiertos, les cortan el paso.
El pescadero se encuentra detrás de las rayas gruesas de su remera y una boina roja, tiene un aire a Alberto Sordi cuando hace de gondolero en Venecia. Claro, aquí, salvo por la góndola de los mariscos y afines, ni asomo de la célebre ciudad. Además de que sería muy poco probable obtener un espécimen vivo de aquéllas aguas.
El ayudante es aún peor, si nos fiamos de las circunstancias (ha llovido y el día sigue prometiendo una tormenta de la que hablaremos un año entero), la ridiculez se atenúa: botas de goma y piloto amarillo. Bien puede ser que esto sea la isla de Gilligan o, más acá en el tiempo, nuestros Piluso y Coquito o, más aquí todavía, la escena musical donde Homero Simpson canta Under the sea.
En efecto, la estrategia resulta muy clara. A estos señores se les ocurrió que dar la impresión de ser pescadores recién desembarcados redundaría en beneficios. Continuando con esta línea de pensamiento, si tuvieran un bar le pondrían taberna y algo así como Bellaco y, por supuesto, se pasearían disfrazados de Jack Sparrow. Pero descuide, los manosantas y las famosas comadrazas que “unen parejas y amores por imposibles que parezcan” (justo lo que necesito, en serio) también se hacen llamar profesores o maestros, también exhiben, de algún modo, esas máscaras. Un diplomado, en este sentido, es un “careta”, muestra al mundo la manera en que hay que verlo.
Volvamos a los pescadores, que con ellos estábamos y después de todo ningún mal nos hicieron. Es sabido, cuando se pierde el original, la copia es el original. Después de esto nos resulta complicado eludir la conclusión de que estos señores no son nabos, son pescadores. El argumento lo rescaté de Umberto Eco para principiantes, como no podía ser de otra manera, y entre tantas cosas permite refutar el platonismo, suspender las certezas acerca de qué sí y qué no es original y, en esta circunstancia mínima, me permite un cierto consuelo (uno copiado, eso sí, consuelo de tontos, diría mi vieja) respecto de la distancia entre mi cuerpo y el mar. Digamos que estamos ante un consuelo por sustitución. Sí, usted ya lo adivinó, nos enfrentamos a la metonimia, aunque ahora con ella no me meto. No de otra cosa hablamos, asegura Günter Grass, cuando hablamos de felicidad. Algo similar ocurre en la literatura de Cortázar, aquello perseguido por los personajes cambia toda vez que ellos lo tocan. Suena tonto decir esto pero son perseguidores porque los objetos son fugitivos.
Lo explicaríamos mejor si pusiéramos en funcionamiento la idea de metas volantes, con lo cual una vez alcanzado cierto objeto de deseo, éste nos eyecta con sus resortes hacia otro, precisamente porque desear significa “aquí no estás”, no tener (¿significará no obtener?). De modo tal que el deseo original se deja sustraer por su copia. Y en la duplicación los fantasmas eslabonan las cadenas de poderosísimas anclas. Si creíamos que la metáfora del deseo era la navegación, nos equivocábamos, es la verticalidad. Una y otra vez, unos encima de otros, los estados deseantes se multiplican, alteran al cuerpo sintiente, funden aquella zona en apariencia superficial pero que en verdad es un pliegue de la profundidad, la piel.
El cuerpo se precipita en las zonas abisales, reino de la oscuridad y de lo intolerable, para, de esa manera, obtener el conocimiento de que lo deseado resulta un evento definitorio del ser. Lo llamamos conocimiento aunque se trate de una ¿experiencia?, intraducible, intratable por el lenguaje, siempre más acá o más allá de él, brinda acaso la única certeza a la que tendremos acceso: la plenitud se nos muestra inconfesable.
Al fondo hay una pecera. Pregunto si son comestibles. Me dicen que no y ríen. Pronto me doy cuenta de que la estrella de mar es una esponja, las plantas de plástico y de plástico también los caballitos de mar, atados por una tanza del todo invisible si no fuera por el nudo poco marinero en el extremo de la cola. El pronóstico sigue anunciando lluvia y la lluvia es como un anticipo del mar.

agosto 31, 2009

KIM KI DUK, EL ARCO

fuerza y un bello sonido como en la tensión de un arco.
quiero vivir así hasta el día que me muera.

VAMOS


- ¿vamos?
- sí, yo conozco un a tajo.

agosto 29, 2009

ITALO SVEVO, CORTO VIAJE SENTIMENTAL

se trata de un relato sobre el viaje del anciano aghios en tren de milan a trieste
-¿pero qué quieres ver? ¿no ves todo?
la niña rompió a llorar:
_ no veo el tren.
borlini estalló en una carcajada y los padres también rieron, un poco embarazados por la ignorancia de la niñita. sólo aghios se conmovió. sólo él sentía y conocía el dolor de no poder verse a sí mismo viajando.
el placer del viaje hubiera sido muy distinto si se hubiera podido ver al gran tren con su locomotora penetrar a través de la campaña, como una serpiente veloz y silenciosa. ver el campo, el tren y a sí mismos al mismo tiempo. ese hubiera sido el verdadero viaje.
pág. 49
en la vida se puede ser todo lo bestia que se quiera, pero no se es poeta si no se sabe cantar la propia bestialidad.
pág. 58
su pensamiento era tan libre, precisamente, porque todo acto estaba muy lejos de él. verdaderamente libre, el pensamiento no puede existir salvo cuando se mueve entre fantasmas.
pág. 65
sinceridad de la carne. un torbellino de ideas surgió de esas palabras. la sinceridad de la carne era la sinceridad de las bestias, pero en ellas esa sinceridad no duraba más que un instante y no representaba un compromiso. bacis había manchado esa sinceridad, porque en ese mismo instante había decidido simular. su sinceridad había servido para traicionar mejor.
pág. 92
el otro agradeció a media voz y volvió a cubrirse los ojos con la mano, como para defenderlos de la luz. el señor aghios se sintió profundamente amargado. él no podía dar lo que se le pedía, es verdad, pero también era doloroso que su viaje terminara (la noche significaba reposo y no contaba en el viaje) con un acto de egoísmo, como en las fábulas. él era el rico, el otro el pobre, él la bestia, el otro (dado que era pobre), el inteligente, el que veía el mundo bajo su verdadera luz, donde había que defender bienes muy distintos que el vil metal.
pág. 101

agosto 25, 2009

CONFESIÓN DEL DESCARTABLE SR. J.

pobrecito, stankovich tenía el alma sucia como los chanchos, por eso era tan gordo. adentro del estómago tenía un pozo ciego construido cuando todas sus tuberías se le taparon. ni siquiera podíamos hablar de tránsito lento, estábamos ante un concepto inabordable: un hombre demasiado gordo, demasiado poderoso.

nosotros veníamos de tirarle dos monedas de 50 a la boliviana ciega del subte y de comprarle dos alfajores de chocolate al sidoso de la boca en el bondi, por eso nos sentíamos generosos. pero generosidad era esto que no alcanzábamos a entender: que el gordo y poderoso stankovich se dignara envolver las sobras de su cena y, propina mediante, nos las hiciera llegar con el mozo, además del mensaje a los policías que nos marcaban en zona alrededor del contenedor de basura del restaurante JUGÁ LIMPIO, ahora pueden llevárselos.

tamaño gesto nos llenaba de un amor perruno. de hecho, todos parecían rebosantes de alegría y los ojos brillaban en la oscuridad del móvil. mi hermano, en realidad no era mi hermano pero es que la vida, en fin, él devoraba directamente las partes donde la imponente mandíbula de stankovich había mondado los alimentos. uno de los policías nos clavaba la mirada y el fierro en las costillas, nos sacaba música de xilofones descompuestos. le ofrecí un pedazo de servilleta y se la bebió extasiado, como le había visto hacer a los drogadictos.

todo era de stankovich: su astillero había construido el barco pesquero que le había llevado a la mesa de su restaurante el salmón preparado por el exclusivo sushiman extraído de las entrañas del japón. todo lo que no le pertenecía terminaba por pertenecerle alguna vez o se desvanecía.

nos llevaron a una de sus cárceles y esto sí que era un lujo: una celda para cada uno. a mi hermano y a mí hasta nos quitaron la ropa rotosa y las zapatillas destripadas, nos dieron un baño y un buen corte de pelo. el gusto del decorador era impecable, había optado por una estética zen, habitaciones completamente desnudas, apenas una ventanilla por donde se colaba una luz menesterosa y tembleque.

pasado cierto tiempo se hizo la oscuridad total y cómo no advertir en ella las infinitas posibilidades de la refelxión y el crecimiento espiritual. que nos vinieran a decir pobres daba risa. con lo que íbamos a enriquecer nuestro espíritu en los años que con tanta gracia había permitido stakovich alojarnos aquí, alimentaríamos miles de repúblicas desbordadas de almas. calculé que a este ritmo necesitaría una celda más grande, ya me estaba chorreando el alma por la ventanilla y andá a saber si no habría inundado el pasillo cada vez que el colaborador abría la diminuta compuerta para entregarnos el pan y el agua.

yo pensaba mucho en eso de la comida, por cierto, porque después de todo no hacía nada para ganármela. hasta llegué a idear un plan de disminución progresiva de mi ración, con el único fin de no resultar oneroso al dinero de stankovich, el más gordo y generoso burgués de este planeta. el plan además traía la feliz consecuencia de aumentar la calidad metafísica de mis reflexiones en razón proporcional a eso que los materialistas llaman hambre y es en realidad el signo del espacio que ocupa el espíritu.

desde luego, stankovich no es el más poderoso por nada, previsor e interesado en el progreso de sus huéspedes, dispuso alimentarme día por medio y luego cada tres días, lo cual acrecentaba mi contento a niveles inimaginables. pero su grandeza fue todavía más allá, ordenó que me despojasen de mis ropas, de manera tal que ya solo quedaran mi desnudez y la oscuridad. en su perfecta sabiduría me enseñaba a no perseguir los bienes materiales: la desnudez, yo, la oscuridad, todos anudados a una pared.

uno de los colaboradores me transmitió el siguiente mensaje: conformáte con lo que tenés. mi espíritu bombeaba cada vez más grande, qué más podía pedir, amenazaba con hacer estallar el universo en colores y ¿con qué propósito? ¿para quién? tenía razón, la conformidad, dejar de pedir más allá de la ventanilla y un mendrugo acompañado de aguas servidas, tenía razón.

yo, mi hermano, todos los que no éramos él, éramos unos privilegiados porque formábamos parte de un plan superior: verlo triunfar. la voluntad del más gordo y poderoso burgués de este planeta trazaba los destinos de millones en cinco segundos o menos, cuando a nosotros eso nos costaba toda una vida. él, con su inmensa bondad, nos había ahorrado ese tiempo para que pudiéramos hacer crecer nuestro espíritu, él, que tantos asuntos debía vigilar, se había tomado la molestia de elegir por nosotros, si hasta era un milagro que hubiera puesto su mirada en nosotros.

a la larga tenía que suceder así, un gordo ocupa el lugar de cuatro o cinco de nosotros y después de todo ¿acaso no nos están diciendo a cada rato que nos admiran porque nos arreglamos con tan poco, tan espirituales y lindos que somos, aunque eso sí, a veces algo sucios? ¿y quiénes somos nosotros para ir en contra? ¿quiénes somos?

agosto 24, 2009

HÉLICES



y entro en las cañerías del desagüe
y oigo los ruidos de los habitantes
y los de las raspaduras de mi propia piel,
si algo pertenece al olvido
eso no soy,
le voy tomando el gusto a los raspones,
tengo el hambre calcada
de ayer, de antes de ayer,
no diré arrastrado
pero algo así como fuego
en las entrañas,

va siendo hora de agarrar
el vuelo por las propias patas,
tan desnudos
andamos
de corazón
por los desagües,


si se nos pone difícil
vamos
a tener que ponernos en difícil
también nosotros,


yo sabía que esto no podía durar,
yo sabía,
que no podía,

andaba
masticando cálculos a futuro,
no muy largos,
no muy exactos,

el sistema
de alcantarillado
destartala
cualquier triperío,

la fe era
sacarla del bolsillo,
mostrarla en la boca
de tormenta,
mucho gusto,
pasaporte
al verdadero lado
del sol,
te lo perdiste,

ya no tiene sentido sobrevivir,
directamente detener la muerte,
impedir la
consagración de la gangrena,

yo había visto morir,
morí viendo morir,
sacié de oscuridad
muchas costuras,

ahí están los peces
en la pecera
para recordármelo,
el arroz
que empieza a hervir
en el fueguito croto
en la comisura
de la capital,
el blanco en caja,
los desperdicios
enlatados
de las góndolas,
la insistencia
omnipresente
para huir a algún refugio,
el miedo sordo,
el napalm,
la adhesión adiposa
de la masa,
el cuerpo entero de la nación
en su vulgar bamboleo
de culos, esqueletos y cadáveres
aún porvenir,

el nudo buenos aires
con su facha gris
de tuerta,
puta insomne
recontra clavada por el obelisco
que le hace el culo en seco,

no arriesgar nada sensible al inodoro,
abrir por si las moscas bien sus alas,
nariz
y boquete
en el cerebro
a otra dimensión,
con hélices de jacarandá,
con tiempo verde,
en ritmo sostenido de levante,

todas las horas
las curtidas lenguas
desaguan
míticas
en la intemperie.

AL FIN

nadie quería perderselo
viaje al fin

agosto 22, 2009

QUÉ WOODSTOCK TIENE LA SAL? SALADOOOO

si el sol lleva
a la
planicie
renegarse

si en la noche no hay
ternura
toda la ternura
incinerá
la sed
en otras aguas

costurá la paz
bien lejos
de los precavidos

estrelláte
en el cielo
o en el fondo

vale más inflamable
que flojito
el ser

curá más tarde
ahora dejáte
quemar
qué mar
quemar


*

en la calle
lx detiene el cana
le confisca la lujuria
lx acusa
de portación de arma
debajo
de la tanga

*

tiene la boca
en otro lado
arrugada y
vertical
un puerto
fácil
un atracadero
de incontables
tarariras

una descremada
pide
que le digan
puta

pero ella nunca
un mango
ojo
a lo sumo regalada
y qué regalo

todo porque
abre su boca
y dice lo que el mundo
no se anima

agosto 20, 2009

GANARSE LA VIDA


MALBA. Anoche. Alan Pauls, Edgardo Cozarinsky, Ricardo Piglia. El motivo: presentar a Diego Meret, ganador del concurso de autobiografía 2008 de Estación Pringles para menores de 35 años con En la pausa. Arranca Piglia: la autobiografía como sendero de descubrimiento e invención del yo, pacto de veracidad con el lector, ritos y viajes iniciáticos del escritor que recuerdan a Arlt y Puig. La parquedad de Meret es proverbial: sí, creo que eso mismo. Aprovecha Pauls y arremete con balas de salva: lo bueno de que sean menores de 35 los escritores de este concurso es que salieron libros cortos, le queda la impresión de que al final de la autobiografía se invita a pensar la siguiente paradoja, después de terminar el primer libro sobre cómo un tipo lucha por hacerse escritor éste deja de escribir. Meret: sí, eso es lo interesante. Cozarinsky, toda la pinta de un jubilado afable: hay momentos de decisión, en los que un tipo necesita alejarse e intimar con las palabras y los lugares de su soledad, esos lugares también son los libros que hemos leído. Piglia secunda: la cuestión de hacer de la experiencia, escritura. Meret: sí, posible traducción del yo, el traslado de la vivencia a la palabra escrita. Pauls sugiere escuchar un fragmento de la autobiografía. Micrófono disfuncional y tartamudeo inicial mediante, escuchamos de boca de Meret la que será su respuesta más larga y acaso la que justificará que hayamos estado allí. Una vez que agarra ritmo, dice más o menos que a veces no sabe si es un escritor y otras sí lo sabe, ninguno de sus amigos o conocidos lo considera escritor, se trata de exagerado porque en sus conversaciones siempre dice que está trabajando en una novela o un cuento pero que no encuentra el tiempo, que se lo roban la fábrica textil donde trabaja, las urgencias cotidianas de mujer e hijo, la pausa en la que vive, es decir la vida como pausa y la escritura como movimiento, por más que no sepa adónde conduce moverse así. Cuando ya vuela la voz a otra parte uno tiene la sensación de que sobre el escenario se está librando una lucha, mejor dicho, ya se ha librado y se ha resuelto a favor de Meret, pero la lectura la actualiza, la vuelve espectacular: recuerda que la vida es invención, un cúmulo de elucubraciones literarias contadas para hacer creer, para creer. Cuando yo dice yo, se sabe, lo que comienza allí es un viaje de ida, de disputas incesantes por quién dirá la última palabra, la escritura o el mundo haciéndose y deshaciéndose por los costados. Porque lo que Meret está diciendo en definitiva, cuando cuenta su paso por la pensión alquilada para poder escribir sin otro ruido que el de sus fantasmas, es que se está jugando la vida por algo inútil, le está robando horas al sueño, a la productividad laboral. Uno puede preguntarse quién le roba a quién, desde luego. Está haciendo de la vida posible, escritura, está eligiendo. A lo mejor ganarse la vida sea ahí, el momento en que se eligen palabras que conducen sí o sí a la acción: escribir. La voz de Meret desciende abruptamente, se hace un silencio largo. Un hombre ha vivido para ese momento.

EN LAVENIDA

pez plátano
¿lo conocés?
qué cuchara mal
parida
no para
su tembleque
azúcar
qué amargura
en el talón
pero
a la tarde
cita con chocolate da
para jugar
en tu escalera
hasta la muerte da para bailar
formas naranjas verdes
ondaladas
di que sí
le di
busca
a tu cuerpo
en lavenida
de tu olor
a canal nº 5
mano a la rosadita
de cara al delta
se me animala
el ánima
con mucha erudición
erótica
de bañarte
la boquita
con mi leche.

*
de ahí
a continuar
el bar
en un picapedreo
que no pega
ni con moco

algo de magma
bizquea
la sinapsis

la sed
nos cambia de color

la derramamos
en bicis
terminal
bondi
lejos

nos agarra
tarde
¿y si pasó
de largo?

agosto 18, 2009

PATAS SUCIAS

Anoche fue el segundo y último día de la 11º Feria de libros independientes organizado por la FLIA en una fábrica recuperada, el IMPA. Salí del trabajo a las seis de la tarde trepado en mi bici. Calculé una hora de viaje. Hacía frío y yo en bermudas, pero a las pocas cuadras entró calorcito y cuando llegué me incineré con tanta gente. No tenía candado. Saludé a un viejo parado en la puerta. ¿Qué cuenta?, Acá, en la lucha, Qué bien, claro, entiendo, dígame, ¿podría verme la bicicleta un rato?, Ah, pero no nos hacemos responsables, Bueno, voy un momento y bajo.
Escalé los tres pisos hasta donde los feriantes tenían sus stands. La gente hormigueba por los pasillos estrechos. Muchas rastas, mucha gente sucia y rotosa, descalza, apestando a cuerpos salados. Eché un vistazo y bajé corriendo. Mi bici seguía ahí. Consulté por alguna ferretería. Debido al feriado, pocas chances de salir airoso. Última esperanza: el coto de Díaz Vélez y Río de Janeiro. A las chapas. Esto iba a durar hasta la medianoche. Había gente acordonada en las veredas, birra y un tímido olor a porro, el tempranero baile de algún borracho y aún algo de luz del sol. Eso sí, frío frío. Al final terminé en una tienda de pelotudeces, antiguamente (los 90`s fueron hace tanto, mirá) la hubiésemos llamado TODO X 2$. Una mano estirada al asiento y el cogote lineal de cara al mostrador: eso de ahí, cuánto, Siete. El número de la suerte, bien. Volví, otro ciclista en situación de a pie, cara desahuciada, no puedo hacer nada por él, até la mía a una camilla, las que usan los de la B Nacional para llevar a los jugadores caídos, y volví a escalar los tres pisos. Otra vez olores a cuerpos apretados y pegajosos.
Tercer piso, derecha, un domo de alambre gigante, gente apiñada en su interior, pájaros y máquinas viejas, grasientas, enormes. El pasado industrial, el futuro que será ganado por las manos. Cucurto con la Eloísa a cuestas, pasé de largo. Rumores de que vendría el Rey Larva, compré Trash, a dúo con Grau Hertt. Leve aproximación a los sahumerios y las remeras con logos veganos: PAREN CON EL MALTRATO ANIMAL, GO VEGAN, y, por supuesto, LAS PLANTAS NO PECAN, hojas de porro, y de nuevo ese humo. Al lado una chica vendía sus fanzines a mitad de la tuca: QUÉ PENA NENA y títulos así, dos pesos, tres por tres pesos. Hora de salir de la jaula, ir al otro pabellón, con un cartelito escueto de su pasado fabril: COMEDOR.
Los veganos vendían tortillas aderezadas con guacamole, mayonesa de mandioca y salsa picante a elección. Más fanzines, invitaciones a participar de huertas orgánicas en la ciudad universitaria, creo que me uní a la secta, firma de algún papel mediante. En el otro extremo de la sala abarrotada de sedientos, las bebidas infalibles: vino, cerveza, fernet, gaseosa, agua. Elegí birra y me tiré contra la pared: unos seudo brasileños hacían capoeira. Él era muy alto, ella muy petisa, pasaba debajo de sus piernas y le daba con los talones en la cara. El negro se reía y trastabillaba, ella se ponía colorada y se le veía el borde la bombacha roja. Los dos tenían los pies muy sucios. Una vieja de pelo rojo se dio un saque y se fue dando brincos. La perdí de vista, hubiera convidado.
Languideció la capoeira y tomaron el centro dos chicas: una más bien gorda y otra de verde, pechos pequeños, caderas sinuosas bajo unos pantalones negros muy anchos. Le miraba los pies, y cuando sonreía. El movimiento consistía en no despegarse de la pareja, se buscaban y al mismo tiempo se apartaban, siempre algo les hacía saber que el otro cuerpo seguía ahí, el dedo, una pierna enredada con la otra, el brazo alrededor de la cintura, el cuello bajo las axilas, las nalgas turgentes encajadas, luego desencajdas. Nudo de piernas y pelos desparramados por el suelo, se abren, se repliegan, se desarman, vuelven a compactarse. Luego la verde se quedó quieta, unió las plantas negras de sus pies, no dejaba de sonreír, iluminaba las insinuaciones de la gordita. La humedad del encuentro, la tierra en pies y manos, miles de ojos cruzándose.
Se hizo hora de cambiar de escenario. Canjeé una par de libros por mi última cerveza, en el medio había tomado un vino, comprado mucha poesía barata y robado un cede de folklore pop, La sonrisa de Ailin. En la tarima tocaba Tovien (click para bajar), comenzamos a bailar, había llegado el momento en que la fraternidad universal puede más que la somnolencia y la desconfianza. Nuestros cuerpos soltaron amarras. Un niño me miraba tomar a grandes tragos la cerveza. Chocábamos, estaba el tipo altísimo de lentes, un pelirrojo que siempre me cruzo donde sea que haya un pogo. Pobre, nadie lo acompaña nunca, nunca lo vi hablar con alguien, hasta me pareció que lo esquivaban.
Tovien y el bailoteo me hicieron reír, Egocéntrico es un tema muy curioso, “me gusta que me miren”. Claro, dirás, a quién no. “Disimulo escuchando tus problemas/ al minuto hablo de mí, de mí/ y cuando veo que te vas/ seguro pensás en mí, en mí”. “Mientras finjo que miro las vidrieras/ solo miro mi reflejo”. Yo no soy tan egocéntrico, pero no puedo dejar de pensar si estarían hablando de mí…
La vieja roja del saque contra la columna de cemento, cruzó directamente a mí, con su vaso vacío, señal de mi mano, levanté la botella y la descargué hasta la última gota. Me besó en el cachete, reposó su cara vieja y roja en mi cara y seguí bailando. Se nos fue la hora, ardíamos en la salsa de ají que nos entró en la carne. Nos hacíamos amigos del de al lado y del de más allá, pasábamos vasos, libros, gritos sin sentido, nos reíamos de cosas distintas porque en realidad solo se nos movían las bocas pero no nos salían coherencias.
Alguien pintó un faso, me lo puso en la palma, el mejor de Buenos Aires, dijo, tres secas, añadió. Hurgué en mis mochila, sí tengo lillos. Tres secas desapareció, lo armé y ¿ahora? Miré gente, había uno pegado, pero de tres secas ni noticias. En un instante alguien ha depositado un sahumerio de dimensiones escandalosas en mi otra mano, dijo que era un regalo, para energizar y equilibrar los lugares. Me crucé con la verde, se llama Carina. Te hubieras metido, dijo, en referencia a su incrustación de cuerpo presente con la gordita. Tres secas volvió, contó que había estado en Salta pero que yo le parecía peruano, ¿estás seguro que no sos peruano?, preguntó para sacarse todas las dudas. De inmediato, ¿te lo querés fumar con ella?, y le echó una ojeada y se perdió para siempre. La verde se fue con una amiga, acomodaban unos bolsos, prometió volver pero ya el humo nos tenía de la cabeza amigados con perfectos extraños. Hasta acá llegó, señalando la mitad, esta tuca y yo nos vamos.
Ya no queda nada, pero nada, parece una fábrica abandonada otra vez, la oscuridad sugiere pensar en películas de terror en blanco y negro. Casi no han quedado bicis, zafo con la mía, me dejo llevar por un montón de calles hasta que me pierdo, busco perderme, quiero decir, y después de un rato largo por fin retomo una calle conocida, enfilo hasta el obelisco y me siento en uno de los mástiles a fumar un cigarrillo.
Dos cirujas se acercan, sacan un vino blanco. Los olfateo, hacemos contacto visual y es inevitable que me pidan un pucho y me ofrezcan un trago a cambio, miren la bici y pregunten con demasiada curiosidad si ando solo, si tengo sueño, si es nueva, si se las puedo prestar para dar una vuelta. Entonces saco un par de mis libritos y se los ofrezco en silencio. Los miran extrañados, uno comienza a leer y me hubiese gustado grabar su voz, creo que le da otra vida a la poesía, hasta le cambia varias palabras, incluso la mejora. Llegan dos más, preguntan qué pasa. Libros, dice el más viejo, mostrándole la tapa. Luego, directo a mí, ¿qué hago con esto? Aconsejo lectura y si no gustar, regalarlo. Saludo, último trago de termidor blanco. Eh, vení cuando quieras, grita el viejo, ¿ves esa pintada de los cien años? (se refiere a pintadas de hinchas de Vélez demasiado creídos, en fin) ahí vivo yo. Se ríe fuerte mientras me voy perdiendo otra vez.

agosto 15, 2009

ME ENTRETUVE CON TU LUZ

Ahora me tiendo, esperá un segundo. Estuve pensando mucho en esto. Escribo mucho sobre gente que se tiende y permanece así, esperan, supongo, y a veces la inmovilidad los consume o está presente como una amenaza. Pero ahora que me tiendo aquí en el pasto, sabés, la cosa pinta de otro color.
Me saqué la remera y el sol es inmenso, basta estirar los dedos y te calcina dulce y lento. Voy a la mitad de una novela de Ítalo Svevo, Corto viaje sentimental. De alguna forma es una teoría del viaje, vivir lo es, y después de todo, ¿Qué no es vivir?
Acabo de bajarme del tren. Fui a encontrarme con mi bicicleta nueva. Es decir, la compré en el Tigre, la hice llevarme a la estación de trenes y la cargué en el primer vagón. Nos vinimos juntos, tratando de entendernos, a partir de ahora las calles me pertenecen siempre que ella sea mi cómplice. Un dato importante y seguramente tonto: fue la primera vez que viajé en tren, en toda mi vida. Me acabo de dar cuenta, hubiese preferido otro tipo de viaje, con vos por ejemplo. Es tonto decirlo porque suena a “cómo imaginás tu primera vez”. Y sí, con vos, siempre.
En fin, si la vieras te subirías al vuelo. Te llevaría a pasear. Es muy linda. Me gusta que sea linda y bonita y no “fantástica” o “hermosa como el sol”. Me gusta que existan palabras donde sabemos encontrarnos todos, sin distinción de raza, religión o ideología. Me hace reír pensar tamaña boludez. Ahora ella también descansa a mi lado. La dejo tomar el sol y de paso juego con la kalimba que te compré y, ya ves, no pude regalarte.
Es un instrumento muy curioso, me olfatea los dedos y les saca sonidos pero que a mí me parecen olores que se pueden ver y degustar. Como con vos, igual. Juego mucho con ella.
Me doy cuenta de que por fin estoy en otra ciudad, no es tarde, por suerte, y me tocan días luminosos. Lo mismo me había pasado en Perú: recién cuando me trepé a una bici pude construir el lugar, hacérmelo a medida. Supongo que de ahora en más todo andará sobre ruedas. No puedo estarme quieto, ya sabés, siempre sabés más de mí que yo mismo. Tenía un amigo que dejó de serlo cuando sugirió que mi necesidad de movimiento constante obedecía a que no quería pensar, decía que huía de lo verdadero, así decía, él tan sedentario y grasoso que era. A mí me ocurre al revés, estarse quieto te empequeñece, viste, la presión atmosférica a la noche te reduce el cuerpo por lo menos dos centímetros y si encima (o debajo) te ponés triste, más enano quedás. En serio te digo estas cosas, para que te des cuenta de lo grande que sos. ¿Ves que te reíste?
No sé porqué te cuento esto, mirá, es raro. Quiero decir, a ver, ¿te acordás de los ciclos? Que uno gira y da mil vueltas, como un espiral o las ondas en el agua cuando algo golpea la superficie (casi digo conmueve su mansedumbre, qué manía esta de decir una cosa por otra), bueno, ¿te acordás?, ¿sí o no? En fin, había un ciclo del fantasma, al principio: me sentía inconsistente, igual que humo de cigarrillo, invisible e impalpable. Después vino el ciclo de la carne viva, que era el antídoto contra la soledad a la vez que una invitación a sentir, algo así como una abertura por donde colarse, viste. Sí, vos la viste a la abertura, eso quiero decir. Bueno, resulta que ahora sospecho una transición a un ciclo de solidez aérea. Todavía no sé explicarlo muy bien, tiendo a mezclar las cosas de un modo cada vez más idiota: sueños con la dura realidad, ejemplos son las clases de piloto civil en San Fernando, las clases de natación en el gimnasio de la esquina, las vueltas en bicicleta, los dibujos sobre papel negro con las acuarelas, la musiquita que sale de mis dedos y los planes de una novela sobre un viaje. No sé, digo que los mezclo porque al parecer todo eso soy yo y por eso mismo decía que era idiota.
Lo que sí puedo decir es que en cada ciclo estuve solo, de cierta forma, y últimamente solísimo. Lo curioso es que en este siento (esa palabra, en fin) siento que hablo de mí y (acá viene lo curioso) no soy yo. Me pellizco y trato de mirarme adentro del espejo. Es evidente que algo de eso soy y al mismo tiempo si me vieras dudarías en saludarme y lo más probable es que sigas de largo y a las dos cuadras se te disipe la duda, no, no era y olvidés el asunto porque de eso estamos hechos, de olvido y olvido es todo lo que nos acecha cuando nos despedimos. Así de paranoico soy, ya sabés.
Otro dato extraño en este ciclo es la falta de destinatarios. Sí, soy un hombre sin destinatarios que sin embargo escribe para vos. A lo mejor por eso escribo, porque no estás. Me gustaría hablar largo y tendido de esto. Tendido ya estoy, pero largo, difícil, no puedo ser más petiso, fijáte. No es gracioso, es más bien para agarrarse las rodillas y rodar hecho un bicho bolita por el parque. Podríamos jugar a eso algún día. Algún día, mejor no mencionar esa frase, me recuerda que no puedo ver un futuro muy largo, quizás porque no lo imagino es inmenso y por eso mismo los demás no pueden verlo conmigo, o no quieren, andá a saber, de allí la falta de destinatarios, ¿no? ¿vos qué decís? Los destinatarios son siempre aquellos que no vienen.
¿Cómo se dice?, ah, ya sé, de mi voz hice una puerta abierta. No pienso, ahora que estoy tendido, en destilar tristeza, al contrario, falta mucha incertidumbre en lo que seré y eso es bueno, asegura que vendrán novedades. De todas maneras adopto la frase de una actriz, la leí en la contratapa del Clarín, para qué nos vamos a hacer los eruditos a estas alturas, si lo importante es hablar nomás, ¿no?, no te vayas a reír todavía pero la frase dice: “vivo sin esperanzas y sin memoria”. Las frases son tontas, yo soy tonto, un tonto enorme y tendido panza arriba.
Sonrío, sabés, con esa calidez propia de los encuentros, el pasto demora el sueño pero ya lo anuncia, quisiera escucharte, en serio, que me dijeras algo, saber que llegaste a estas palabras y que te dijeron algo, te dieron a respirar mi aliento, me estoy por dormir tendido al lado de mi bici llevadora y nueva, el sol cura las llagas, hace sentir, hace saber que me entretuve con tu luz y dimos vida.

agosto 13, 2009

ME HACÉS VERDEVERDAD

amor jacarandá
olor

a voz

naranja

en mi saliva.


me hacés

verdeverdad.


*


música

tu inundación

naranja


el verde filo

sin orillas

tajo

en las fronteras


manos

de ojos

nudos

en la lluvia

coágulo

de estrellas

nosotros

cuando

somos.

agosto 10, 2009

COSTURA.DOS DE ESPUMA


luz de ojos

en tu voz

ovillo naranja

era el andén

a desanudar

el viaje

al fin

del fin


o vi yo

tu mano

en canto

sumergirme

en el húmedo

a tajo

que da mar.


*


sal

sed

lenguas

marea

das.


*


sal

es

a mi boca

alado

viaje

al delta

es

puma

en desem

boca

dura

costura

dos

por la orilla

labios

de par

en par

al fin.

agosto 04, 2009

OLIVERIO GIRONDO, ME IMPORTA UN PITO

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

julio 27, 2009

LA QUE MA DURA

bosquemadurás en mí
a tajo al marearte






a
mi piel
solada
en playa
dale final,
nadame.

*
amoriré
amorarte.

*
secretos
en tu lengua.
murmu yo
murmu voz.

*
así
la es
ama da
me con
vida:
nada.

*
vos que
venís
voz que
venís
bosque
venís.

*
hablo
tu abisma
lengua
envozmismado.
*

entraba
y saliva
sudor
leche
sangre
liquidación
desgarra
dura
es
puma.

*
amordedura
sigue puerta
a
tajo
amorir
ardidos.
*
pido
tu boca
qué más,
quemás,
tu piel
másquemadura,
bosquemadurás en mí.

julio 26, 2009

VE.NIDO

noche en el viento
él nido

la ella fiebrada


abismo

*
elijo vida
boca vos
mi boca
lumbre
honda ola
país
bajo
tu piel
*
país adentro
enseñás colores
a mi lengua
decir
nudo
voz
viaje
casa
hola mar.
hola mar.
*
sin nudos
mudados
abismo
el vértice
de tu sonrisa.
*
contramano
al sol
que al fin
el este
boca en vos
me sacás
la cara
tarda
en arrancar
arranca
la tarde
naranja
verde
un poco
azul
ahora
he venido
nido
en las entrañas
a
fiebrarte.


julio 18, 2009

THE BIG SHAVE

ahí va un tajito. otro. a toda carrera. uno más. se ve la carnecita. chorrea el jugo caliente y pegajoso. lindo mirarte las piernas alisadas de pronto, ahora más blancas, con tiritas bordó. y ni hablar de mi cara mientras la va afeitando a la carrera mi mano huesuda y negra. le imprimimos el ritmo de la crema y parece de limón con jarabe de frutilla. estás para comerte. el vapor sube desde la pileta pero el espejo no sabe que ahí abajo el cuerpo continúa, sí, porque hay más, no es una cosa partida, sin mortaja, lo que pasa es que no se ve. lo que pasa es que en la desnudez siempre estamos incompletos: la desnudez pide ser completada con otra desnudez. y vos aquí, para enterarte conmigo de estas cosas. las gotitas de crema y frutilla tienen puntitos negros, chispas de chocolate. la piel no sabemos dónde está realmente, si algo la cortó, si fue el aire frío en contacto con el agua caliente, si un organismo unicelular la carcomió, o si sencillamente la carne tiene por destino brotar, ganar la luz y solo eso importa. la desnudez es contagiosa. creo que hago lo mismo dos veces, junto agua en las manos y la echo en mi cara, parezco imitarme. actúo como si no me estuvieras observando. veo el ardor en la contracción de mi cara, enflaquecida de pronto. tengo mucha sed, merodeas con la vista debajo de la ducha, las tiritas de tus piernas, la crema de limón con frutilla. la carnecita late, una invitación al interior del magma. de manera que así somos cuando en verdad estamos desnudos.

julio 11, 2009

LO QUE SALE, LO QUE VUELVE, LO QUE NO SE VE

qué pasa, estás enojado. no. entonces. no sé, no sé, dejame tranquilo, estás grabando esta conversación. sí. por lo menos me podrías avisar, no te entiendo, en serio, con qué necesidad. estás enojado. qué es esto, la segunda toma, no ves que quiero dormir, te aprovechás que estoy medio zonzo de sueño y me hacés decir cagadas, pero de esto se va a enterar la gente, decime, seguís grabando. nunca dejé de hacerlo. estás enfermo, sabés. no es para tanto, además no cuesta nada, el único que labura soy yo. ah, sí, cómo. a la hora de desgrabar, me lleva sus buenos ratos. no me digás. sí, aunque no creas, es un trabajo ingrato, se te tuerce la espalda, te arden los ojos, te zumban los oídos, se te agota la paciencia, te hace puré los nervios. uy, qué sacrificado. viste, encima escuchar tu vocecita de salame una y otra vez, una y otra vez. vos te lo buscás. lo que pasa es que no entendés nada, lo mío es un trabajo sociológico, algo intelectualmente serio. in-te-lec-tual-men-te serio, de dónde sacás eso, no quiero imaginar. pero es verdad, viejo, es que vos. es que yo nada. es que vos nada más te la pasás diciendo boludeces y te las quiero mostrar para que te curés, es el método clínico de guattari. estás seguro. sí, me lo contó el psicológo. de qué me tengo que curar si acá el único enfermo sos vos. esperá, la idea en primer lugar fue del psicólogo. y dale con eso, mejor dame la dirección así le pego un tiro y nos deja en paz a los dos, dale, haceme caso, aprovechá que es gratis. sí, te brillan los ojitos, siempre te ponés así, no sirve de nada. nada sirve en esta casa, nada, si quiero colgarme del techo no sirve la hebilla del cinto o se rompe la viga, si quiero electrocutarme resulta que no hay luz, si quiero meter la cabeza en el horno alguien ha dejado un pollo riquísimo con un cartel de NO TOCAR clavado en medio de la pechuga, por favor, podés creer, es una tortura, te voy a denunciar a derechos humanos porque no me dejás hacer mi vida en paz. y qué es hacer tu vida en paz. suicidarme de un puta vez. qué lindos planes tenés, igual lo del pollo está bien hecho, estás medio gordito, mirá, te salvé de un accidente cerebro vascular, ahora están de moda, creo que ibas derecho al cajón, y a este ritmo tu cajón iba a ser de esos para guardar pianos. no seas tan hijo de puta, además esas cuestiones me resbalan, pura vanidad, lo que importa es qué tenés en la cabeza. bueno, sí, el peinado dice bastante de la gente, y las ojeras y la cantidad de dientes al reír. digo el cerebro, cabeza de pingo. ah, bueno, en ese caso no es para tanto, eso no se ve. cómo que no. lo importante es comer sano y no morir de frío. andá a decirles eso a los cirujas. ellos porque son vagos. en serio decís, mirá si me vuelvo ciruja. quedáte tranquilo que ya sos uno y bien sucio, tenés techo y comida pero ni aunque te vista de seda, mirá. porqué me decís eso. así que te levantaste susceptible hoy. bueno, en realidad no me levanté todavía, pero no, no sé, qué querés decir, sos un pelotudo, no, pará, pará, lo que importa es, no importa tener cosas si por dentro tu espíritu es un desierto, entendés. encima de ciruja, evangelista, te das cuenta de lo que estás diciendo. sí, digo que sos un, que algunas personas son huecas, cuando las saludas hacen eco por dentro, un rato largo. y vos quién te crees que sos, dios. estoy hablando en serio, sabés lo que sos vos. qué, a ver, decime así me entero. sos un fascista, te hacés el zurdito y te chorrea la grasa facha, ahora dejame dormir, un hombre despierto antes ha tenido que haber dormido un rato por lo menos, no se pueden tener los ojos abiertos todo el tiempo. entonces no los abrás, hablá, hace falta la boca nomás. tampoco quiero. es por tu bien, es parte de la terapia, ya te dije, escucharte a vos mismo permite que lo que sale del cuerpo vuelva a él, dice el psicólogo. a quién, al psicólogo. no, imbécil, al cuerpo. no será de esos que después te salen con el cuento de tomar tu orina, no. mi orina, por qué la mía. la orina, la de cualquiera, tomarsela en ayunas. ah, no, no, este es bien serio, hasta tiene un programa en la tele y todo. no me digás. sí, el otro día hipnotizó a un loco para curarlo de sus pesadillas. qué soñaba. que se convertía en cinco kilos de asado el día de su cumpleaños. cinco kilos, porqué cinco. porque dice que estaba de oferta, pero no era todo, los invitados lo comían y cuando estaba dentro de la panza descubría lo que cada uno pensaba de él. y qué pensaban. primero que era intragable y después que era una bosta. y para eso lo hipnotizaron, bastaba con dos chirlos y listo, el tipo era un paranoico, a lo sumo un salame. justamente es lo que trato de decirte, el tipo eras vos, solo que no te acordás por la hipnosis, ves qué realmente es un buen psicólogo. dejame de joder, mirá dame esa cosa o borrá la conversación, sos un pelotudo, me hacés perder el tiempo, qué hora es. las dos de la tarde, mirá, ya va a empezar el programa, mirá.

DIA DE LLUVIA

hay unas tiras sin zapatos
zapatos pero no tus pies
las medias deshechas
el pantalón empantanado
tu remera derretida.

tu cuerpo viene de la creación
el olor a lluvia rodea tu cuello
aquí también bajo tu brazo
y aquí en el vértice de tus tetas
pero aquí tenés olor a océano.

moriré de esta suerte de amores.

LA NOCHE ASALTA

la noche asalta
salgo
cuesta abajo

el líquido del sur
en mis pisadas
va mareado a vos

entraré
desnudo
en lo que seré

julio 08, 2009

CECIL PASTERNAK, PRÓLOGO A LOS PASAPORTES DE UN FANTASMA

no sé cuántas cartas de suicidio tiene que escribir uno antes de matarse de una buena vez. yo llevo cargadas veinticinco a mi cuenta y dos que ayudé a redactar a un primo que jamás cumplió y a un ex compañero de la escuela secundaria que jamás llegó a firmarla. tampoco sé porqué uno tiene que escribirlas pero lo hace y listo. sí, veinticinco, una por año, puedo agregar una más todavía, para no escapar demasiado de las fechas límites convencionales. a los veintisiete ya estás algo viejo y hasta te has acostumbrado al sufrimiento. si te matas no dicen pobre muchacho, imagínate qué podría haber hecho en el futuro, pues suponen que el futuro era esa edad y no había que seguir esperando, si no lo hiciste hasta ese momento ya estas listo, eres un perdedor. si te matas dirán ¿sabías que se mató? y responderían, tomando café en la oficina, mira tú, lo bien que hizo, era un charlatán y un inútil.
un requisito, desde luego, es el sufrimiento insoportable, otro la juventud, otro el talento, en el curioso caso de que desees suicidarte para la posteridad, para quemarles las pupilas con tu muerte y pagar la deuda de desprecio que tienes con el mundo. ayer revisaba las veinticinco cartas, perfectamente impregnadas de historias reveladoras, de heridas incurables, de pedidos de auxilio, amargas despedidas y luego miraba las manos y no, ni ellas ni yo habíamos hecho nada para quitarnos de esta mierda de planeta y aquí seguimos, escribiendo, ¿otra carta de suicidio?
por otra parte, me dio por pensar en los destinatarios, tan borrosos como yo, el verdadero centro de mi desesperación y al mismo tiempo el paredón adonde fue a dar tanto la noche de mi espíritu. por algunos de ellos, sin embargo, ya no merecía morir, aprendes esas cosas si dejas pasar el tiempo. otros ya ni sabía quiénes eran, pensar que les iba a confiar algo tan importante me dio risa, cómo es la memoria. un ejemplo de esto que digo es el de un tal albert zermatt. según se deja ver, se trataba de un editor o un publicista en la costa este, recomendado por mi buen amigo herbie mc intosh.
le contaba detalles de mi vida personal en un estilo neutro y riguroso, con gran deferencia le relataba mis infortunios amorosos, la ruptura de los vínculos familiares, las muertes que me habían rodeado y un sinfín de accidentes que habían conformado esa masa inestable al borde de estallar que era yo. por supuesto cumplía con adjuntarle mi obra inédita con el permiso de publicar, si así lo creía conveniente, la carta que le enviaba. pero supongo que concluir con frases del tipo "sin otro particular, lo saludo con mis más sinceros respetos" no ayuda demasiado. una vez redactada, debes matarte. lo digo como un consejo saludable, ahora que seguramente yo mismo estoy muerto. si estás leyendo esto, siempre decimos lo mismo, pero bueno, si lo estás leyendo es porque de hecho estoy muerto. si no, si todavía respiro y me cruzas por la calle, te doy permiso para que me vueles la tapa de los sesos de un escopetazo, a la larga el espectáculo no sería desdeñable, aunque también podrías atropellarme con tu auto, o con lo que tuvieras a mano, una roca sería útil o empujarme a un río, no sé nadar.
sobre cómo ponerle fin a mi vida también ensayé variantes. en las primeras cartas era evidente la influencia del temperamento adolescente. si no me ahorcaba, me lanzaba debajo de un tren o me hundía un puñal en el corazón. la adolescencia se notaba en que usaba palabras como puñal o corazón, desde luego. en una me llamó la atención un despliegue de lo que puedo llamar un exceso de imaginación mórbida. tras anunciarle que me ahorcaría a mi madre, en ese entonces destinataria de mis planes, pasaba a relatar cómo haría ella para darse cuenta.
tres días después de mi muerte, llegaría un pájaro con unas pelotas jugosas colgadas de sus garras, se posaría en la ventana y no se iría en horas, mi madre sacudiría la escoba y los trastos de cocina para ahuyentarlo, cuando por fin lograse su cometido, se daría cuenta de lo que eran esas pelotitas: mis ojos. mis ojos que la estarían mirando fijamente desde el más allá. en ese tiempo creía en el más allá. de inmediato acudirían mis hermanos y uno sostendría a mi madre desmayada, le echaría aire con un individual y el otro no sabría si llamar a la policía o a una ambulancia y al marcar atendería la oficina de los bomberos. por los aullidos, los vecinos se enterarían de la tragedia y lo comentarían en la tienda del viejo reilly, ese viejo chismoso y malintencionado. dirían que fue una brujería de los negros del otro lado de la ciudad y otros sostendrían que esos ojos eran una broma pesada de los italianos de la otra cuadra, que siempre andaban molestando a las viejas.
de inmediato se pondrían a buscar mi cadáver. mi madre sería la única en decir que yo estaba muerto. no demorarían en dar con el cuerpo, bajo un muelle, junto al basural. de algún modo las ratas se las habrían ingeniado para cortar el cable de la plancha y lonjearme crudo. las gaviotas y las anguilas harían el resto. uno de mis hermanos me reconocería por el cable, mientras estiraba el ruedo de su camisita algo avergonzado. un policía diría
por lo menos no se lo llevó la marea. no tardarían en enterrarme y olvidarme.
en el fondo le temo más al olvido que a la muerte. si alguien que no veo por mucho tiempo no me reconoce, siento que nunca existí. otro tanto sucede cuando me cruzo con ex novias, sobre todo si entre nosotros hubo algo que pensábamos que no sería tan fácil de olvidar. basta decir hola y detenerse en la sensación de que a partir de esa palabra todo está de más para entender que un muerto es siempre un muerto para alguien.
no queda demasiado que añadir aquí, otras muertes jugaban con revólveres y balas de verdad. mi padre tenía uno bajo el mostrador en la tienda, siempre a mano. lo habían asaltado muchas veces antes de que por fin se decidiera a usarla. cuando le dieron la oportunidad, le voló una oreja al ladrón, mató a una mujer negra y recibió un tiro en la garganta. los dos diarios que se encargaron del tema dijeron que mi padre había confundido a la mujer negra con un cómplice del ladrón. no debieron decir eso porque mi padre no se equivocaba de esa manera y porque después de todo ambos habían muerto injustamente.
aunque yo tenía la sensación de que eso había sido lo mejor. en secreto pensaba que a mi padre no le gustaba vivir, no estaba a gusto con su suerte. trabajaba dieciséis horas diarias en la tienda, no podía pagar un dependiente. se levantaba a las cinco y se iba sin hacer ruido, a oscuras, como si esa no fuera también su casa. lo veíamos muy poco, cuando enfermaba o decidía ponerle fin a su día un par de horas antes de las diez.
cuando murió, mis tres hermanos pequeños casi no lo conocían. lloraron durante el funeral y en el entierro pero la sensación era que lloraban porque mi madre los había obligado a ir y a hacer algo contra su voluntad y no debido al dolor de un niño huérfano. nunca les pregunté, no quería saber de cuánta soledad estábamos hablando cuando nos referíamos a mi padre como un hombre que había vivido para nosotros. entonces yo tenía doce años y recordaba haber conocido a un tipo distinto a quien sí podía llamar mi padre.
cuando dejábamos el cementerio solté la mano de mi madre y volví corriendo hasta la fosa, pateé unas piedras y retumbaron tan fuerte que pensé que había roto el ataúd. prometí no ser igual a él. por un tiempo eso me sirvió de motor para vivir hasta que un día eso también se esfumó y sencillamente dejó de importarme. ahora, viendo como han ido las cosas desde entonces, también debo anotarme entre los fracasados, la diferencia es que este fracaso es de mi exclusiva pertenencia, digamos que así corto la maldición hereditaria.
creo que mi padre no era tan mal tirador, de tan cerca jamás hubiera errado. mi teoría es que le voló la oreja al ladrón para obligarlo a responder y que después de todo sí mató a la mujer negra, porque no quería testigos de su cobardía. tarde o temprano hubiera usado la pistola contra sí mismo, lo sabía cuando escuchaba sus pies raspar el piso, ágiles por la madrugada y como si les costase despegar por las noches. en ocasiones, antes de marcharse, me daba un beso, yo fingía estar dormido, me daba la vuelta y lloraba porque no quería que se fuera pero éramos malditamente pobres, cómo iba yo a entender que a eso él le llamara su vida.
con el correr de las cartas cambié de atrocidad. ahora mi cuerpo debía estallar por dentro, por fuera debía dar la impresión de estar dormido, a lo sumo de ser un muñeco de cera. en todo caso ya no deseaba ser visto como soy debajo de mi piel, eso iba a ser un secreto entre la tierra y yo. así comencé a pensar en combinaciones de sedantes y veneno para ratas o bien fuertes dosis de seconal, que por otro lado usaba con frecuencia desde los veinte. la idea del veneno se me vino conversando con herbie. herbie era uno de esos tipos con los que uno jamás llega a ponerse de acuerdo y sin embargo no le provoca a uno ganas de molerlo a golpes, al contrario, quieres seguir y seguir hablando. menos esa tarde.
estábamos en un bar, muy borrachos, cuando pedí otra cerveza. herbie dijo que ya era suficiente, no tenía un dólar más, menos para una rata como yo. en la borrachera me sonó sincero y le di un puñetazo en la nariz que lo dejó tumbado un buen rato. unas prostitutas que lo conocían se las agarraron conmigo y también el dueño del bar. no me ofendí por estas muestras de solidaridad. casi siempre pagaba herbie, pero porque a mí los trabajos me duraban dos o tres semanas y la mayor parte del tiempo no hacía nada.
al día siguiente me lo encontré en otro bar y le pedí disculpas por el altercado y le pregunté si de verdad creía que yo fuera una rata. me dijo que sí con su gran sonrisa. era un buen tipo y jamás mentía, salvo a la policía, a los turistas y a un par de mujeres con las que no quería saber nada, pero ellas estaban enamoradas y no atendían razones. mira, me dijo, te lo diré porque eres mi amigo y te aprecio, no puedes vivir así. él se refería a otra cosa, a que no podía esperar dinero de los demás todo el tiempo, de todos modos me quedé con el sentido literal de no puedes vivir así. tenía razón, no podía vivir. hasta ese momento había sido una rata y era tiempo de envenenarla para librarme de una vez por todas de mi apestosa condición.
una vez leí un libro llamado vidas imaginarias, de marcel schowbb. me preguntaba en qué medida todas las vidas eran imaginarias y si a ellas les corresponden muertes imaginarias, si mis veinticinco cartas darían cuenta de tantas muertes, si en algún momento la sumatoria imaginaria daría por fin una muerte real, si tanto pensar en morir y no sería que ya estaba muerto desde mucho antes.
la verdad, la pura verdad, es que no me había matado porque hasta ahora no había encontrado el estilo más apropiado para mi muerte. una carta de esta índole tendría que significar la continuación entre la vida y la nada, no podría haber fisuras, en esas palabras debería latir eso que no puede más en contorsión con eso que promete ser. de hecho y no me importa cómo suene esto, escribir estas cartas de suicidio fueron para mí una cuestión de vida o muerte.


C. P.
new york, 1961

páginas 7 a 11, editorial verticales de bolsillo, 2009